Cuando un hombre alcanza la edad que yo tengo puede ir a la playa sin más preocupación ni bagaje que procurarse un traje de baño discreto, una crema, una toalla, unas gafas de sol, una gorra, una silla cómoda y un libro de doscientas páginas. Dirán que no es poco, pero ya ven que prescindo de muchas cosas y, sobre todo, de hacer deporte. No me veo yo jugando a las palas ni disputando un balón a patadas. Eso queda para los jóvenes. Los maduros tenemos bastante con cuidarnos y tomar las cosas con calma. Un poco de sol, otro poco de lectura y alguna que otra mirada en busca de un buen paisaje.

En la playa siempre hay algo que mirar, algo bello y agradable que adquiere una dimensión distinta cuando uno llega a la madurez. Pero no porque a esa edad se nos agudice la vista, sino porque vea uno lo que vea, nada consigue alterar el reposo del músculo pubococcígeo. Un músculo que, como bien saben ustedes, se aloja entre las piernas del hombre y funciona de forma autónoma.

Alguna ventaja teníamos que tener los hombres cuando pasamos de los cincuenta. Ya está bien de padecer, en silencio, los inconvenientes de la condición masculina. Sirva como ejemplo, y al mismo tiempo como denuncia, que la buena educación prohíbe, de forma expresa, que el hombre exhiba, aunque sólo sea por elevación de la prenda, cualquier bulto o protuberancia en toda el área de la bragueta. Prohibición que se mantiene inflexible a pesar de que está demostrado, en rigurosos estudios científicos, que el ya mencionado músculo se estira y se encoge a capricho y sin atender a razones de peso ni a órdenes del cerebro. Obedece, exclusivamente, a un irrefrenable impulso que se atenúa o desaparece con el paso de los años, aunque en esto prefiero no extenderme, pues no faltará quien ponga el grito en el cielo diciendo que ha cumplido ya los setenta y el músculo sigue igual de rebelde.

Algunos hombres, y muchísimas mujeres, opinarán que una buena erección no puede ser nunca un problema sino justo lo contrario, que debería ser motivo de júbilo por lo que pudiera tener de aprovechable, pero hay momentos y sitios, y éste del que venimos hablando, la playa, no parece el más adecuado.

Todos hemos pasado por ese trance. Que levante la mano el hombre que estando en la playa no se ha tumbado, alguna vez, boca abajo y ha permanecido así un buen rato aun a riesgo de quemarse la espalda.

Lo curioso, lo realmente chocante, es que ese impulso inoportuno siga campando a sus anchas sin que la ciencia, que ha resuelto problemas de escasa importancia, se haya ocupado de liberar al hombre de una rémora que lo delata y lo expone al más absoluto ridículo. Cabe suponer que podrían haber inventado algo para que el músculo permanezca en posición de descanso y sólo obedezca a la voz de su amo. Con lo mucho que ha avanzado la ciencia, extraña que, a estas alturas, el problema aún no esté resuelto. Y la cuestión es que sí que lo está, pero no sé yo por qué se empeñan en ocultarlo, tal vez porque como no se trata de un fármaco, y no se barrunta negocio, interesa poco que se conozca.

El remedio, o el truco, como prefieran llamarlo, lo dio a conocer hace años el profesor Tompkins, de la Universidad de Cracovia, en un simposio sobre la energía corporal que derrochamos a diario: los suspiros, las ventosidades, los estornudos, las erecciones absurdas, etcétera, etcétera.

Tompkins afirma que cualquier hombre que quiera liberarse de esa incomodidad playera sólo tiene que hundir los pies en la arena y estirar y encoger los dedos varias veces -con fuerza y de forma alterna- para que la erección, primero, disminuya y, luego, desaparezca. Ya ven que fácil. Y es que, por lo general, las cosas sencillas suelen ser las más eficaces. De todas maneras yo me limito a trasladarles lo que dice el científico ruso, ustedes verán si hacen o no hacen la prueba.