LA RUEDA
Esto de escribir regularmente un artículo, en este privilegiado espacio público, es algo parecido a crear una complicidad, una especie de relación sutil y a la vez crítica con el lector. Al final del camino, una no sabe quién ha construido a quién, pero lo cierto es que ustedes, amables seguidores, refunden la idea que nació solitaria, le dan sentido, la nutren más allá de las intenciones del pobrecito hablador -Larra, dixit- que la inventó. A pesar de las bucólicas proclamas de los poetas puros, que aseguran escribir solo para el propio sentimiento, todo lo escrito nace para ser leído. O muere antes de vivir. Por supuesto, esto no es poesía. A veces, solo llega al intento de ser una prosa de la vida compartida, pero el instinto de la comunicación es tan fuerte en un artículo como lo es en la mejor novela de la historia. Ustedes, lectores, y nosotros, articulistas, plumillas de las ideas cotidianas, somos uno y, en el uno, llegamos a ser un todo. Vivimos juntos en el planeta de la palabra.
Me voy de vacaciones. Como tantos. Podría haber escrito un último artículo político-social, un postrero latigazo a la conciencia crítica, pero la complicidad me pudo. Les deseo lo que me deseo, que se pierdan por los meandros intensos de las emociones, que suspendan el tiempo acelerado y vuelvan al tiempo suspendido, donde los relojes se derriten con daliniana ternura. Les deseo el lenguaje de la piel, y la densidad de los tenues idiomas horizontales, allí donde solo habita, rica y salvaje, la intimidad del amor. Les deseo la lectura pausada, sin otra prisa que la que marque su atractivo escondido. Les deseo el reencuentro con los paisajes humanos que pueblan nuestra biografía, los padres que aún gozamos, los hijos que siempre sufrimos placenteramente, duendes certeros de nuestra responsabilidad, los familiares que acompañan plácidamente el camino. Les deseo eso, que se tomen sus días para sentarse en el sofá de la vida y contemplar el paisaje, recuperando horas a las horas que nos robó el trabajo, la agenda, el éxito y el fracaso, el ritmo impuesto. Sí, les deseo que gocen, mis locos queridos.

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