MI SEMANA
Muchos se preguntan si la actuación de la Fiscalía, en lo del secuestro de la revista satírica El Jueves, fue a petición de la Casa Real, a petición de los principescos afectados. Pienso que ni tiempo tuvieron. La Justicia se anticipó haciendo el trabajo sucio y cargando con el marrón que supone violentar la libertad de prensa, la libertad de expresión, en este caso discutible que lo fuera. La pareja puede presumir, hoy, de no haber movido un dedo, cuando tenían que haber sido ellos y sólo ellos los que se querellaran. Esta semana, la revista vuelve a centrar su atención en Felipe y Letizia con una portada nada que ver con la anterior. Si la pasada era soez y todos los sinónimos de la palabra, ésta, aunque tiene su cachoncito, es otra cosa. Pero, en ambas, se demuestra que el personal le ha perdido el respeto al Príncipe, una falta de respeto que se ha ganado a pulso al igualar, con su matrimonio, la monarquía por abajo, pretendiendo comportarse, ambos, como cualquier otra pareja de jóvenes. Incluso acogiéndose ella a los beneficios laborales de baja por maternidad y lactancia, cuando tan exentos están, por su papel institucional, de otras muchas obligaciones. No se puede ser príncipes de nueve a dos y, el resto del día, como los demás cuando no lo son..
La prueba de fuego.
Al parecer, y como destaca Javier Ortiz, en su columna del pasado 23, en este periódico, «el dibujo hace sangre al prescindir del bochornoso mimo con el que la prensa española ha venido tratando, desde la transición, a la Monarquía y a todos sus integrantes. ¿Asistimos, tal vez, al ocaso de un tabú absurdo y anacrónico?». Así lo creen algunos, como el senador Anasagasti. Personalmente, lo que creo es que el Príncipe es, desde hace mucho tiempo, el responsable. Las únicas veces que se ha polemizado sobre la Monarquía ha sido por su causa: Isabel Sartorius, Eva Sannum, Gigi Howard y la propia Letizia.
Mi compañera Marisa Cruz, en su interesante y lúcido artículo del pasado lunes en EL MUNDO, escribía: «La prueba de fuego de la continuidad de la Monarquía se librará con la sucesión de su hijo», un hijo a quien el personal le ha perdido el respeto, simple y sencillamente, porque se comporta, cuando se olvida de quién es, como cualquier joven de su edad, cuando no lo es. Si como se preguntaba José Antonio Zarzalejos, director de ABC, en la Tercera del periódico, «¿no son ambos [Felipe y Letizia] ciudadanos titulares de todos los derechos?», ¿por qué no acudieron a la Justicia para defenderse como personas físicas que son?.
Ganarse el puesto.
Afortunadamente, don Juan Carlos es todavía un hombre joven, de una salud a prueba de vela, safaris y nietos, condenado, eso sí, como la reina Isabel de Inglaterra, el rey Harald y otros reyes y reinas a serlo hasta la muerte. Aun así, «las monarquías no sobreviven por derecho divino sino conquistando, día tras día, el derecho a reinar», finalizaba el artículo de Marisa Cruz. Aun a sabiendas de que lo tendrá más difícil de lo que lo tuvo él, que ya lo fue, don Juan Carlos ha dicho en más de una ocasión: «El Príncipe deberá ganarse el puesto todos los días». Pues eso, Alteza, a trabajar para ello..
Polanco y los dos antonios.«Cuando muere un hombre, como Polanco, todo el mundo experimenta el afán de añadirse al difunto contándonos las muchas veces que comió con él», ha reflexionado Francisco Umbral en su columna dedicada al poderosísimo empresario de la comunicación, fallecido la semana pasada. En ella recordaba que, aun colaborando en El País «un puñado de años», a Jesús sólo le vio o trató un par de veces. Yo, personalmente, una vez. No en Madrid, que pudo, sino en Buenos Aires tuvo que ser. Además, en una noche de vino y de farra junto a Pepe Oneto. Valioso testimonio gráfico guardo de ello. Sucedió en el invierno de 1985, con motivo de la presentación en la capital argentina de La Revista, publicación del grupo Zeta que yo dirigía, semanario que tuvo salida de caballo y parada de burro. Posiblemente, porque, como ha escrito Paco en su columna del pasado jueves 19, dedicado a la Pantoja, «me sobra talento (gracias) pero me falta humildad para levantar el negocio de la prensa del corazón» aunque, según él, «por lujo escribo alguna columna al gentío». Lleva toda la razón del mundo. No tengo la humildad de Antonio Sánchez Gómez que, siendo tan importante social, económica e intelectualmente como lo fue, no le importaba olvidarse de quién era para ocuparse, como hoy lo hace su hijo Eduardo, de esos personajillos protagonistas de la vida de este patio de vecindad llamado España. Eso sí, con el respeto que algunos no se merecen. Yo, por el contrario, cuando tuve responsabilidad directa sobre una publicación, preferí las fotos de la agonía y muerte de Franco. Y así le fue a la revista que, en su bautizo argentino, contó con un invitado excepcional: Jesús Polanco. Cuando en la madrugada, después de la fiesta, me dejó en el hotel, se despidió diciendo: «¡Qué grandes los Antonios!». Se refería a Antonio Sánchez Gómez, con quien yo había trabajado durante más de 20 años, y a Antonio Asensio, con quien comenzaba a hacerlo. Dos grandes empresarios de la comunicación. Como él lo ha sido.
CHSSSSS...
La responsable de que todo funcione en la urbanización Borbón de Palma de Mallorca tiene un nombre, Rosario, y un apellido, Mateo. ... De un tiempo a esta parte, todo el mundo, en la alta y media sociedad madrileña, se pregunta: ¿quién es esa mujer, tan elegante, tan enjoyada y tan recauchutada que logra estar en todos los saraos? ... Esta curiosidad se ha incrementado cuando se le ha visto, esta semana, en compañía de ese glamouroso joven, especializado en pasear a damas talluditas en expectación de destino sentimental. ... ¿A qué dedica su tiempo libre, que es todo? La muy redicha dice siempre que a «administrar su patrimonio», el que le dejó su rico marido. La dama en cuestión es una rica, riquísima viuda. ... No es un chulo sino un hombre a quien las mujeres que ama o le aman le suelen sacar de algún que otro apuro. El problema surge con el paso del tiempo. ... Es tan cursi, tan pedante y tan ridícula nueva rica que, cuando fue a comprar su casa, le puso a la agencia inmobiliaria una sola condición: que sus vecinos fueran famosos, a ser posible, famosísimos.
© Mundinteractivos, S.A.

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