El primo de zumosol, de Jordi Barbeta en La Vanguardia
El apagón del lunes, las causas que lo provocaron, la escasa capacidad de reacción para resolver el problema y los denodados esfuerzos de los representantes políticos para quitarse las responsabilidades de encima o para esconderse debajo de las piedras han confirmado que las miserias que quedaron al descubierto con el hundimiento del túnel del Carmel eran la punta del iceberg de una realidad cada vez más indiscutible: Catalunya, entendida como sujeto político, cultural y social específico, atraviesa un período de decadencia que no ha hecho más que comenzar y del que es imposible, hoy por hoy, prever cuándo y cómo terminará.
Desde siempre Catalunya ha reivindicado su diferencia, y la diferencia sólo se proclama cuando comporta un orgullo colectivo basado en la profunda convicción de que lo propio es mejor. No necesariamente ha de ser un sentimiento de superioridad, pero en todas partes la gente se apunta a la marca de mayor prestigio, y durante siglos la idea de la Catalunya abierta, emprendedora, innovadora y creativa tuvo más adeptos que la España eterna y recalcitrante con ínfulas imperiales y míseras realidades. Hasta el punto de que numerosos autores han definido el catalanismo como una versión del regeneracionismo que aspiraba a modernizar España.
Ese esquema psicológico se ha mantenido prácticamente durante todo el siglo XX y ha sido la base de la reivindicación nacional catalana y del autogobierno, convencidos los catalanes de que eran capaces de hacerlo mejor. Y lo cierto es que en algunos aspectos lo demostraron y cuando no podían demostrarlo echaban la culpa - todo hay que decirlo- a los obstáculos que ponía "Madrid", siempre bajo sospecha de culpabilidad. Sin embargo, hace ya tiempo que España ha dejado de ser recalcitrante, se ha democratizado, se ha modernizado e incluso se ha enriquecido a una velocidad de vértigo, lo que, lógicamente, ha hecho renacer, y no es para menos, el orgullo colectivo español.
Y mientras España, en el sentido madrileño del término, se moderniza sin permiso de los catalanes, en Catalunya los aviones pasan de largo, los trenes no funcionan, las carreteras se colapsan, las inversiones no llegan y las obras públicas se hacen tarde, mal y nunca. Ylo que políticamente tiene mayor trascendencia es que todo eso ocurre inmediatamente después de haber librado Catalunya la batalla política - supuestamente colectiva- más importante de los últimos treinta años, el nuevo Estatut que había de resolver de una vez todas las asignaturas pendientes. La sensación de fracaso es inevitable. Lo que se hace, se hace mal, y lo que no se hace es porque los representantes catalanes se han dejado tomar el pelo. Albert Boadella ya no podría burlarse del orgullo catalán como cuando proclamaba "Som 1 meravella". La autoestima catalana está por los suelos.
Obsérvese cómo han cambiado las tornas. El ejército español socorriendo a los ciudadanos que se han quedado sin luz, mientras el presidente del Gobierno ejerce la referencia política principal. Ya ocurrió cuando lo del Carmel, y se puso de manifiesto con toda su crudeza cuando el Estatut se había convertido en una pesadilla. Ahora Zapatero ha anunciado que vendrá a poner orden en el desbarajuste. Se ha convertido en el primo de zumosol. Viene porque "Catalunya es España", dicen. Faltaría más. España es cada día más importante y Catalunya, con independentistas en el Govern, más insignificante.
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