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29 Julio 2007

El buen amigo Gadafi, de Carlos Nadal en La Vanguardia

WEEK-END POLÍTICO MUNDIAL

Hay que congratularse por la liberación en Libia de cinco enfermeras búlgaras y un médico internista palestino nacionalizado búlgaro. Es de alabar el empeño en conseguirlo que ha puesto en ello el presidente francés, Sarkozy. Ha sido, digamos, una victoria política y humanitaria. Que la esposa del presidente haya tenido un papel destacado en el éxito de la operación le suma en este sentido un efecto añadido de emotividad. Pero, a decir verdad, el feliz desenlace no impide que de esto quede un regusto a medias bueno, a medias no tanto. Algo hay que no acaba de cuadrar del todo.

El historial de Muamar el Gadafi contribuye a poner por delante algunas consideraciones que dan al conjunto de lo ocurrido un aspecto cuando menos sospechoso de que ha habido un entramado de circunstancias turbias ya desde el comienzo. Es difícil creer que seis sanitarios búlgaros contratados para trabajar en un hospital de la ciudad libia de Bengazi hubieran inoculado el virus del sida a 438 niños en 1998. Algunos destacados especialistas de esta enfermedad han aportado el criterio de que los afectados la contrajeron antes de la llegada del personal búlgaro. El hospital, según indicios de fiar, está muy lejos de reunir las condiciones de higiene y asepsia obligadas. Lo cual puede comportar responsabilidades más altas, no sólo propiamente hospitalarias, sino de la política de salud del régimen, que no es precisamente un modelo de eficacia y transparencia. Un escándalo de tanto alcance es susceptible de apuntar hacia más arriba. En última instancia, a quien maneja las riendas del poder, el propio Gadafi.

Es una suposición, claro. Pero se apoya en lo útil que podía resultar echar las culpas a seis sanitarios búlgaros convertidos en chivos expiatorios. Ni un libio aparecía así con las manos sucias. El personal, la dirección del centro, las autoridades correspondientes, la gestión del Gobierno. Venía de perlas señalar a los búlgaros, que ni siquiera tienen el inconveniente de ser franceses, alemanes, españoles o italianos. ¿Hasta dónde podía llegar la protesta del Gobierno de Sofía?

Sobre los seis acusados cayó el rayo de la justicia con extrema dureza. Fueron condenados a la pena capital. Había que dar satisfacción a las familias de las víctimas, los niños libios. Pero ocurrió que Bulgaria, no precisamente una gran potencia, es, sin embargo, miembro de la Unión Europea. Y aliado de Estados Unidos en el seno de la OTAN. Circunstancias que cambiaban totalmente el enfoque del asunto. Llegaron, aunque tarde, las protestas, las gestiones internacionales. Y la condena a muerte implacablemente dictada en mayo del 2004 y confirmada en diciembre del 2006 fue conmutada el pasado día 11 por la de cadena perpetua. Enseguida convertida en libertad de hecho, aunque encubierta con el artificio legal de que cumplieran la condena en la misma Bulgaria. ¿Final feliz? Sí, pero... los sanitarios búlgaros han sufrido ocho años de encarcelamiento, en condiciones penosas. Denuncian malos tratos, tortura.

El coronel Gadafi, que no es ejemplo de puntilloso legalismo, alegaba que había actuado la justicia con plena independencia. Una justicia que después de dos confirmaciones de la condena a muerte en el curso de tres años, de pronto, de la noche a la mañana, autorizó que los condenados se fueran a casa.

Hubo por medio el compromiso internacional de reparar el daño a las familias de las víctimas con un millón de dólares por cada una. Es decir, el Estado libio, ni un dinar.

Pero a partir de ahí el seguimiento de lo ocurrido se enturbia. Quedan demasiados cabos por atar. ¿Es improcedente hablar de chantaje por parte de Gadafi y de oportunismo o cálculo por la de Francia? La clemencia le ha valido a Libia mucho más que la gratificación monetaria internacional otorgada a las familias de los niños afectados por el sida. Parece como si, de pronto, Gadafi mereciera que los occidentales se vuelquen en sustanciosos premios. La gestión de la esposa de Sarkozy da la nota - discutida- de aproximación humana. Pero no fue sola a Trípoli. La acompañaban el secretario general del Elíseo y la comisaria europea de relaciones exteriores, Benita Ferrero-Waldner. Y ha habido, al parecer, promesas de aportaciones al desarrollo de las explotaciones petrolíferas, un 95% de los ingresos del país. Se habla de carreteras, vías férreas, infraestructuras turísticas, equipamientos militares, materiales nucleares con fines pacíficos. Sarkozy, presente en Trípoli al día siguiente de que su esposa Cécilia se llevara en un avión a los búlgaros, se apunta un tanto espectacular en su política personalizada y directa que no se detiene en formalismos. Da un paso más hacia su proyecto de unión mediterránea, después de la rápida visita que realizó a Argelia y Túnez; toma posiciones para favorecer las inversiones francesas y tejer colaboraciones en el Mediterráneo meridional encaminadas a regular la inmigración hacia Europa. Él pone la iniciativa, el impulso personal que le acredita ante los franceses, previniéndose contra las críticas de algunos socios de laUEal hacerlo coordinado con la Comisión Europea.

Después irá a Trípoli, parece, la secretaria de Estado norteamericana. La Administración Bush borró a Libia de la lista de estados canallas.Y le viene bien poder confirmar la ya comenzada reconciliación cuando se acercan momentos todavía más críticos que los actuales en Iraq.

El comportamiento de Gadafi ha sido siempre cualquier cosa menos claro, intachable, fiable. Es un megalómano que se las daba de ser un segundo Naser, llamado a ejercer el liderazgo del mundo árabe, a crear uniones supranacionales con los países árabes norteafricanos que nunca creyeron de verdad en él. Quiso extender la influencia libia al África negra. Se interfirió en la guerra civil de Chad. Era la época del titulado Libro verde,mezcla confusa de panarabismo, socialismo e islamismo de signo belicosamente contrario a Estados Unidos y las potencias aliadas europeas. Agitó, provocó, cobijó a grupos terroristas, entre ellos a ETA.

Gadafi se mostraba como un caudillo narcisista y atrabiliario. Cultivaba la apariencia de un yo único, soberbio, extravagante hasta en el atavío personal. Y fue tan lejos que cometió dos graves errores. Uno, enemistarse abiertamente con el rey de Arabia Saudí, a quien, se dice, intentó eliminar físicamente. Otro, estar detrás de dos terribles atentados aéreos. En 1988 el de un avión de la Pan Am norteamericana en el que murieron 270 personas, y el de la compañía francesa UTA del año siguiente con 170 muertos. La suerte del coronel cambió. Ya en 1986 el presidente Reagan ordenó que un avión militar bombardeara la famosa jaima en que reside a veces. Y en la persona de su hija adoptiva sintió tan cercana la muerte que no lo ha olvidado. Muchos años de duras sanciones y aislamiento le obligaron a resarcir a las familias de las víctimas de los atentados aéreos con millones de dólares, y decidió reconciliarse con Estados Unidos. Renunció a los propósitos de dotarse del arma nuclear.

Ahora, con torcidas artes, Gadafi ha escenificado un golpe de efecto de buena voluntad hacia Europa porque Libia, aislada, necesita incrementar y poner al día su potencial petrolero y corregir sus deficiencias sociales y económicas. En el preciso momento en que los estados europeos sureños viven la urgencia de diversificar sus fuentes de energía, regularizar la inmigración y asegurar espacios de seguridad y paz en el Mediterráneo.

Tags: carlos nadal

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