EL RUNRÚN

Cuando después de dos días y dos noches regresó la luz, la mujer sintió una alegría parecida a aquellos días de su infancia en que los rayos, los truenos y las oraciones a Santa Bárbara remitían justo en la hora en que daban Hombre rico, hombre pobre en la televisión. Entonces, como ahora, le resultaba benigna la sensación de normalidad, porque volvía a ser la de antes, adquiría un contorno real, lejos de aquel espectro que avanzaba por el pasillo con un cirio de la iglesia. La estampa de la familia reunida alrededor de la mesa camilla con la luz de un candil le creaba un tremendo desasosiego. Se sentía aterrorizada, como un personaje de Cumbres borrascosas,aquella magistral novela que estaba leyendo y donde la oscuridad, además de la tragedia, es uno de los principales protagonistas.

La mujer se duchó con chorros calientes, sacudiéndose el recuerdo reciente del agua helada resbalando como mil agujas por encima de su cuerpo. Se secó el pelo con su Taurus Super-Proof y bajó a comprar, mientras reconocía el gran papel que tenía el ascensor en su vida. Por fin volvía a ser ella, disfrutando de la libertad que adquirían todos sus actos, pudiendo depilarse las cejas en el espejo lupa del cuarto de baño. Al abrir la sección de opinión, en la página 19, un anuncio le llamó la atención. Eran las recomendaciones de la Generalitat para recuperar la normalidad del suministro eléctrico. En la estancia hacía calor. Por fin julio había enrojecido sus rayos y la solana hinchaba los pies. "Modereu la temperatura del termostat a 25 º C", decía el manual. Ella, como ciudadana ejemplar, no podía desatender aquella llamada y, a su pesar, cerró el aire acondicionado y abrió ventanas, creando esas bellas corrientes de aire que los árabes nos dejaron como herencia cultural. Pero el bochorno no dejaba circular la brisa. "Eviteu connectar més d´un aparell". Este mensaje la sobresaltó; tenía la colada de dos días, el lavaplatos lleno y un cesto de ropa por planchar. Volvió a sentir que le limitaban esa colección de pequeñas cosas que componen la felicidad. Pero en la línea siguiente encontró una salida: "Desplaceu a la nit i al cap de setmana aquestes activitats".

La mujer decidió tomarse una Dormidina y se echó en el sofá. Descansaría de día para poder estar despejada de noche, y a tientas, pondría lavadoras y secadoras, asaría un pollo en el horno y plancharía, escuchando uno de esos programas de madrugada donde la gente dice cosas insólitas para reconfortarse con su insomnio. También miraría la teletienda, donde anuncian objetos tan prácticos como masajeadores de glúteos o aparatos de elongación de pene. Se sentía tan extraña que tuvo que refugiarse en las cuitas de su amiga Odalis, que, como muchos cubanos, a los apagones los llama alumbrones debido a la escasa presencia de la luz. Odalis le había contado que allí nunca sabes cuándo puedes cocinar y planchar, y eso que hace un par de años Fidel anunció la entrega de ollas y cocinas eléctricas a la población.

Poco a poco la mujer se dio cuenta de que habitaba la misma coherencia entre aquel acto mesiánico del líder cubano y la presentación de las cuentas de resultados de Endesa. El mismo sentido común. El mismo servicio ciudadano. Endesa anunciaba que había obtenido 1.200 millones de euros en el primer semestre del año - 200.000 millones de pesetas-. La mujer respiró aliviada. El tiempo robado no tiene precio, pero como era una ciudadana ejemplar, ejercería su derecho a reclamar daños y perjuicios. Total, Endesa está forrada.