CUADERNO DE MADRID

Rafael Blasco teme que Valencia se quede sin contrafuertes. Que acabe conviertiéndose en un grandioso artefacto de Santiago Calatrava, sin tensión interna y sin suficiente fuerza propulsiva en un momento en que El Dorado inmobiliario comienza a emitir señales de futura flaqueza. "Nos hemos quedado sin adversarios y eso no es bueno", dice Blasco frente a un plato de calamares sobre lecho de verdura.

Y prosigue el conseller de Inmigración: "El PSOE está en caída libre y no sabemos si se detendrá en la planta baja o en el tercer sótano. Y el Compromís, la improvisada coalición de comunistas y nacionalistas, no ha durado ni cinco minutos. Ya están peleados. El PP valenciano debería tener claro que ésta va a ser una legislatura más arriesgada de lo que parece".

Blasco sabe de lo que habla, puesto que es el cardenal camarlengo de la moderna derecha levantina. Es un hombre temido. Se le admira por su agilidad mental y su infinita capacidad de maniobra -"es el verdadero Rasputín de la política valenciana", dice de él una alta personalidad catalana que conoce muy bien aquellos entresijos-, pero también se le censura por los espectaculares arabescos de su carrera política: militó de joven en la extrema izquierda, conoció la prisión, y, apuntada la transición, se convirtió en uno de los príncipes del socialismo valenciano, hasta que el hierático Joan Lerma impuso su ley. La ley del silencio y de la derrota. Defenestrado, Blasco ofreció sus valiosos servicios al PP. Ha sido conseller de Presidencia, de Obras Públicas y Urbanismo, y secretario portavoz del Consell con el PSOE-PSPV; asesor de la presidencia, conseller de Empleo, de Bienestar Social, de Territorio y Vivienda, y de Inmigración con el PP, primero con Eduardo Zaplana, y ahora con Francisco Camps. Blasco, Borgia puro.

Enric Morera es otro estilo. El secretario general del Bloc Nacionalista Valencià pujolea, pero de una manera distinta a la de algunos jóvenes dirigentes de Convergència, muchas veces demasiado atentos a la seguridad en sí mismos: ese tono viril de Jordi Pujol, ese toque que, en los hombres de carácter fuerte y corta estatura, circula de abajo a arriba, como un puñetazo. Morera es de modales suaves, ríe con facilidad, escucha y cada dos por tres se le escapa una mención a Clinton, punto en el que la imaginación de este cronista, siempre impresionable, vuela: Clinton en las farras de la Malvarrosa, ¡guau! No se pierde Morera ni una sola fiesta, ni una sola romería. Criba el territorio con una tenacidad y paciencia que también pertenecen al voluminoso álbum pujoliano.

"La temprana crisis del Compromís es un problema, pero no se acaba el mundo. Cerramos un acuerdo de última hora con Izquierda Unida para sortear la barrera de la ley Electoral, que en Valencia es de un 5%, y ahora vienen las consecuencias. Pero en el País Valencià pueden pasar cosas importantes estos años. Hay un modelo de crecimiento que comienza a presentar signos de agotamiento, pese a que Valencia va como una auténtica moto, prejuicio. Me sabe mal decirlo, pero Catalunya como referente ha perdido peso entre nosotros. La política catalana ha malgastado mucho prestigio estos últimos años. Es una lástima, pero es así. Sí, ya sé que alguien puede enfadarse en Barcelona, pero los valencianos debemos pensar más por nuestra propia cuenta. Hay ideas, algunas de Joan Fuster, que deben ser revisadas", dice Morera; desgrana Morera, ante un plato de arroz marinero.

Y añade: "Debemos trabajar por un valencianismo de conciliación. Creo que ésta es la fórmula del futuro". Una tesis que en muy buena medida comparte el profesor Josep Vicent Boira, autor, el pasado lunes, de un fenomenal artículo en las páginas de Opinión de La Vanguardia ( "Destinado, sobre todo, a catalanes") que nadie debería irse de vacaciones sin haber leído. Sostiene Boira y, como él, unos cuantos más en Valencia: "Sólo arruinando los tópicos, estaremos en condiciones de relacionarnos con nuevos horizontes. Y éstos son: el arco mediterráneo, la Renaixença (el sustrato cultural común), el marco de una España común y diversa, y una Europa igualmente diversa e interregional". Un pronóstico: la tesis Boira vencerá.

Era lunes y la luz de Barcelona se fue. El català emprenyat vio confirmadas todas sus pesadillas y palideció el poder tripartito, ahora en el otro extremo del péndulo: lo que antes era desbocada verbosidad, hoy es silencio y disciplina de Comité. Los afectados cobrarán de inmediato -bien, Montilla-, pero el lunes se encendió otra arriesgada verdad: la silente Catalunya-Comité frente a una Valencia a toda vela.