LA CLAVE

Con el documento del enviado de la ONU Martti Ahtisaari encima de la mesa del Consejo de Seguridad, parece que la situación política de Kosovo puede dar un cambio sustantivo. Si bien la historia política de Kosovo es generosa en grandes batallas entre reinos y más tarde estados, es más bien pobre en términos de democracia y autogobierno.

El nacimiento de la antigua Yugoslavia, el reino de los serbios, croatas y eslovenos (1918-1929), fue una monarquía constitucional centralista que dividía Kosovo en distintas provincias. Desde el siglo XIX en Kosovo habita una mayoría étnicamente albanesa, mayoritariamente musulmana, fruto de las emigraciones de serbios durante el reinado del imperio otomano. Anteriormente Kosovo había sido la cuna del imperio serbio, lo que más tarde ha sido un material muy valioso para la arqueología política del nacionalismo del Estado serbio. Antes de la instauración de Yugoslavia, los albanokosovares ya estaban organizados en la Liga de Prizren, cuyo objetivo era la unificación de todos los albaneses en un solo Estado, la Gran Albania. Las minorías serbia y turca de Kosovo no veían con buenos ojos el irredentismo albanés e hicieron todo lo posible para abortar sus planes. Durante la Yugoslavia de Tito, a partir de 1974, Kosovo consiguió autonomía: un premier y un sitio en el Parlamento Federal. La muerte de Tito dio paso a demandas de autogobierno por parte de los albanokosovares; la respuesta fue un nacionalismo serbio erigido como líder de la región balcánica.

En el paso de la Yugoslavia comunista a la Serbia nacionalista, Kosovo se adentró en los noventa con políticas de exclusión de los albanokosovares, que terminaron en una campaña de limpieza étnica por parte de Milosevic y su maquinaria estatal. Durante esos años los albanokosovares tejieron una red institucional paralela a la serbia, sustentada por la Liga Democrática de Ibrahim Rugova, que constituía un autogobierno de facto con el apoyo de Albania. La política impulsada fue la resistencia pacífica frente al Estado serbio. Ante la fuerte represión, facciones kosovares más radicales se organizaron en la guerrilla UCK, atacando a los serbios y a sus monasterios. El conflicto étnico eclipsó el liderazgo de Rugova para dárselo a la UCK, que incrementó sus actividades hasta la guerra de 1999. La intervención de la OTAN acabó con la guerra y cedió la tutela del territorio a la ONU.

La viabilidad de las instituciones de autogobierno kosovar que ahora barrunta Ahtisaari, política internacional al margen, parece condicionada al abandono de nacionalismos étnicos de uno y otro signo. En positivo, a la construcción de un proyecto político común que no busque madres patrias,ni grandes estados, sino una identidad cívica kosovar, que asumiendo su condición plural sea capaz de albergar albaneses, serbios, gitanos y turcos en su seno.

M. SANJAUME, Ciències Polítiques, UPF.