Saber para prever y prever para proveer, era el lema de Gaston Berger y otros pioneros de la prospectiva. Ciencia insegura, sobre todo en estos tiempos de aceleración de la historia. Pero, aun a costa de errar en los cálculos, conviene ver lejos y plantearse posibles futuribles, en vez de que los acontecimientos nos sorprendan en una caótica inmovilidad.

Digo esto al conmemorar Barcelona los tres lustros que nos separan del 92, el año olímpico que tanto ha significado en el avance de este país. Un éxito enorme sí, pero no obra de un día, sino resultado de años de laboriosas gestiones y arduos y complicados trabajos. Hay que remontarse a la decisión del Ayuntamiento de la capital cuando era alcalde Narcís Serra, quien presentó la candidatura a la organización de los juegos tras unos tanteos cerca de Samaranch, a la sazón embajador en Moscú, donde ganó la elección a la presidencia del Comité Olímpico Internacional. Y, a continuación, una muy seria preparación del monumental dossier, vencedor en Lausanne, en competición con otras importantes metrópolis. Finalmente, la etapa de un sexenio de realizaciones.

En suma, años de impulso para llevar a cabo ese salto de gigante. Al igual que los grandes campeones, marcando récords mundiales sobre las pistas del estadio, Barcelona puso, en efecto, su nombre en el mapa. Ambicioso objetivo que anunció Pasqual Maragall, al tomar el relevo de Serra, no sin antes seguir el consejo de Samaranch de movilizar y unir en torno al proyecto a las demás administraciones y fuerzas vivas de la sociedad civil. Respondieron todos en un gesto unánime: la Generalitat que presidía Jordi Pujol, el gobierno de Felipe González y las cámaras. Y fue el rey don Juan Carlos el primero en volcar toda su influencia sobre muchos de sus colegas jefes de Estado, representados en el Comité Olímpico; una influencia de mucho peso entre los grandes de este mundo, bastante más de lo que suponen algunos críticos.

Pues bien, si esa unión en el esfuerzo colectivo fue la piedra angular del éxito de Barcelona 92, al día siguiente empezó a fallar la prospectiva. El error consistió en no prever la consiguiente crisis de crecimiento que el éxito traía consigo. Con el agravante de coincidir con migraciones masivas, una invasión pacífica que en oleadas incesantes arriban a Europa, eligiendo con preferencia las zonas más prósperas. Los presupuestos de mantenimiento, reparaciones, reformas y posibles ampliaciones que cualquier propietario sensato tiene en cuenta, quedaron muy por debajo de lo que exigía el real crecimiento capitalino a escala de las administraciones y empresas responsables de los servicios públicos.

La desidia, dejadez, relajo o llámesele como se quiera, son signos de incompetencia, falta de autoridad o imprevisión con los que la actual crisis energética ha sorprendido a los barceloneses. Sólo falta que profesionales de la protesta impidan ahora poner remedios urgentes al evidente retraso de Barcelona, cuando se impone recuperar el tiempo perdido, al dormirse en los laureles.