Se llama epicedio el genero poético especializado en el elogio fúnebre del cadáver. Ese anticuado ritual que enfatizaba las grandezas del muerto tenía una doble función. Por un lado trataba de fijar en la memoria colectiva la idea de que la vida humana era un pasarse la cita de una generación a otra, y que así como cada otoño morían las hojas pero el bosque revivía, las grandezas retoñaban en los grupos que honraban su recuerdo. Todos los epicedios tienen un mensaje común: «Su vida no fue estéril porque dejo huellas en los que le sobrevivimos, que continuaremos lo que él continuó». El elogio del cadáver fue, según Kadare, el primer genero literario: algunos de esos poemas de las plañideras albanesas fueron el germen de la tragedia griega. Jorge Manrique escribió unas coplas para venerar la muerte de su padre que todos deberíamos guardar en la memoria para tomarlas prestadas algún día
El ritual de elogiar el cadáver tenía por otro lado la función de colectivizar el duelo: la muerte vivida en intimidad es una experiencia atroz que intentamos reprimir, admitir que la desgracia afecta al grupo social, que siente la amputación de un miembro, y expresar en público el dolor logra que esa pena invivible, al elaborarla y compartirla colectivamente, pueda ser rememorada
La reciente muerte de los señores Polanco y Uría pone de manifiesto la caducidad de esos rituales de duelo en nuestros días, donde no cabe ni veneración ni colectivización del dolor. Asombra la inanidad de la mayoría de los artículos encargados por «El País» a sus mejores escritores para el epicedio de su fundador. La mayoría se limita a enfatizar tópicos políticos de corrección con un valor informativo o sentimental cercano a cero. En otros resalta el profundo nihilismo que preside nuestra cultura mediante la trivialización de la muerte y la banalización de la vida: refieren que los ilustres difuntos fueron incansables empresarios calvinistas en sus horas de trabajo y alegres juerguistas en sus horas de ocio. El escrito más sincero de «El País» quizás da la clave de esa incapacidad de los escritores para el duelo por su editor, al mostrar cómo el mercado subsume cualquier relación afectiva entre los hombres. José Saramago, bajo el título «Un estoico» nos deja esta frase de Polanco como reveladora de su relación con él: «Tu libro es bueno, tú te llevas la gloria, pero yo me quedo con la plusvalía». Lo brutal de la caracterización del señor Polanco por la lógica del provecho se matizaba en el artículo con el guiño piadoso: «El mundo es así, no he sido yo el inventor del capitalismo».
El mejor y más tóxico texto de Tolstoy, «La muerte de Ivan Ilich», inspiró a Heidegger un escrito seminal sobre la muerte impropia: «El uno morirá -otro cualquiera, no justamente yo, nadie-», que preside toda las habladurías modernas que, al ocultar la centralidad del ser para la muerte no deja brotar el coraje para enfrentarla. Impersonalidad del «uno morirá» agravada por las falsas promesas higienistas: si hago dieta y revisiones médicas, la muerte es fechable y puedo alejarla o tener algún control sobre ella.
La capilla ardiente en los lugares de trabajo constituye de nuevo ese lugar en ninguna parte que crea un contexto adecuado al pésame contenido y convierten cualquier lágrima o grito de dolor en lo extemporáneo o histérico. Los duelos de los señores Uría y Polanco revelan ese carácter inhóspito del acompañamiento de la muerte en posmodernidad: la casa mortuoria, el dar el último adiós en el lugar que se habitó y la hospitalidad del cadáver, que simbólicamente ofrecía café y orujo cuando era velado en su casa, son hechos que nos parecen remotos. Cuando se inauguraron los primeros tanatorios en Asturias uno de mis pacientes me comentó su intención de invertir en ese negocio. Yo le auguré escaso éxito, argumentando la fuerza de las tradiciones para enfrentar la muerte y lo lento de la elección del confort en el momento de la tragedia. Todavía sonríe cuando le aconsejo algún cambio vital para prevenir episodios depresivos.
Ahora se tiene prisa por sacar de casa y hacer que el muerto baje al hoyo para seguir comiendo el pollo. De ahí el consenso para sustituir plañideras por psicoterapeutas que nos ilustren que si en seis meses persiste la pena por una muerte cercana estamos entrando en un duelo patológico que quizás traduzca un carácter masoquista. Las demandas de tratamiento psiquiátrico por el llanto a los dos meses de la perdida de un hijo no son inhabituales. La búsqueda de pastillas o palabras que curen rápidamente los sentimientos de pérdida traducen la incapacidad posmoderna para darse un tiempo para representar la muerte. Al espacio interno creado por el sedimento de esas vivencias los antiguos lo llamaban alma. ¡Qué ridícula suena ahora esa palabra! Nosotros tenemos depresiones y eso se cura con pastillas o psicoterapias. Quizás por eso invertimos la práctica de la antigua máxima y, como no queda vida en la muerte, la vida se vive sin velar por ella.

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