CONSECUENCIAS POLÍTICAS DE UNA AVERÍA ELÉCTRICA
La discutida línea Francia-España, a debate en Madrid con su homólogo Fillon
José Luis Rodríguez Zapatero y el primer ministro francés, François Fillon, se reunirán hoy en la Moncloa, con el català emprenyat sentado en el tresillo del palacio presidencial. Irritado, cólerico por el vergonzoso apagón de Barcelona, contradictorio, pronto a una acción que nunca acaba de definir ni concretar, y muy atento a lo que se diga sobre la línea eléctrica de muy alta tensión (MAT), que algún día cruzará los Pirineos para que Catalunya se ponga las pilas.
La MAT es un gran asunto de Estado, casi tan importante como el collar de la reina que los tres mosqueteros fueron a rescatar a Londres. Hoy no está en juego el honor de Ana de Habsburgo, esposa de Luis XIII, que tuvo unas simpatías con el duque de Buckingham, pero sí los intereses estratégicos de Francia y España en materia de energía, convergentes en muchos aspectos, pero no del todo coincidentes.
La MAT también es un gran assumpte de país, por decirlo a la manera del desconcertante estamento político catalán. De la nueva interconexión eléctrica Francia-España dependen tres realidades fundamentales: el AVE Madrid-Barcelona, el buen suministro de las comarcas de Girona (uno de los territorios con la renta más alta de la Península) y el impulso de las denominadas energías renovables, que exigen un stock eléctrico de reserva, puesto que algunos días al dios Eolo le da por no soplar los molinillos de viento. El asunto es serio, pero la coalición gobernante en Catalunya huye de él como gato del agua. La MAT no es nacionalmente seductora. Puede que algún día Catalunya sea como Montenegro, pero algunos partidos harían constar en el tratado de independencia que las torres de alta tensión deben ser competencia de Madrid hasta la eternidad.
La MAT tampoco mola en el sur Francia, donde viene registrándose un fuerte movimiento de oposición a su trazado. Nadie quiere molestias en el patio de casa, aunque luego Barcelona se hunda en el caos cuando un cable se cae y chamusca una subestación. La MAT asusta, y por ello, los gobiernos de Francia y España - con el aplauso entusiasta del tripartito catalán-, alcanzaron un acuerdo salomónico en el invierno pasado: sortear las elecciones presidenciales y legislativas francesas, las municipales catalanas, y dejar la incómoda decisión sobre el trazado en manos de un mediador europeo. Un casco azul del que ya se conoce el nombre: el economista italiano Mario Monti, ex comisario europeo de la Competencia.
La agenda sigue siendo asimétrica. Francia ha despejado sus incógnitas electorales y en París impera con brío Nicolas Sarkozy, le petit Napoléon. En España, sin embargo, ahora viene lo fuerte: la campaña de las elecciones generales, con los dos partidos principales (PSOE y PP) extraordinariamente pendientes del comportamiento de Catalunya, donde crece el malestar y la sensación de naufragio estructural. Una Catalunya donde las cacerolas vuelven a estar en la calle.
Zapatero apretará, refieren fuentes gubernamentales, consciente de los riesgos que presenta el marasmo catalán, pero también por otro motivo: el programa electoral socialista hará hincapié en las energías renovables, y para ello se necesita el concurso de la antipática MAT.

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