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Como la política, el ciclismo se ha vuelto una actividad en perpetuo estado de sospecha. En verano uno se arrimaba a la tumbona para despertarse del sopor de la siesta con la epopeya a plazos del Tour de Francia. Así, gracias al Tourmalet o al Alpe d'Huez, podía olvidarse un ratito de González, de Aznar y de otras miserias humanas.
El ciclismo le devolvía al inocente peatón la fe en una épica perdida, un tiempo de donquijotes que corrían en rocinantes de metal para luchar contra molinos de viento que en verdad eran gigantes.
Costaba creer que un tipo pudiera almorzarse 200 y pico kilómetros a puro golpe de pinrel para meterse al día siguiente otros tantos más tres puertos de montaña como aperitivo entre pecho y espalda. Así un día y otro y otro, sin herniarse ni morirse. A Merckx le llamaban El Caníbal, a Hinault El Caimán y a Indurain no le llamaban nada porque casi no daba tiempo a verlo cuando pasaba zumbando por la meta, pero era algo así como el primo de Zumosol, el tío majo del pueblo que da de comer a los niños sacudiendo nueces a patadas.
Luego llegaron tipos más raros y dudosos, corredores con nombre de astronauta a los que les faltaba un huevo y el respetable sospechaba que se lo había vendido al diablo a falta de un alma decente.
A Armstrong no lo pillaron jamás en un dopaje, ni siquiera posmortem, pero al aficionado al ciclismo sus victorias le dejaban frío, como si sus seis tours los hubiera ganado Robocop. Aplaudir a Armstrong en el podio quedaba feo, como abuchear a Kasparov después de una derrota con Deep Blue.
Ahora la diversión del Tour de Francia consiste en ver en qué etapa pillarán al chorizo de turno, igual que en una mala película de terror la platea se estremece con el susto prefabricado de un Drácula. De un año para otro cuesta aprenderse los nombres de los corredores, no como los candidatos del PP, que resisten año tras año la erosión democrática (salvo en Cataluña, donde se sufre mucho el desgaste de los puertos de montaña).
Cuando ya me había aprendido el nombre de Vinokourov me entero que en realidad se trata de un vampiro de los Urales. Cuando ya me sonaba el de Rasmussen como futuro ganador, le mandan de vuelta a casa con una etiqueta de tramposo en la frente.
El ciclismo moderno es cuestión de metadona y jeringuillas, del mismo modo que para dedicarse a la política en la actualidad basta con tener un eslogan y un juego de corbatas en lugar de un programa y unas pocas ideas decentes. Cuanto más tonto el eslogan y más simple el dibujito, mejor, más votos al talego.
Por suerte para Zapatero y Rajoy, todavía no han encontrado ningún método para descubrir que un eslogan está adulterado o que la corbata de los mítines dominicales, en realidad, es pura lana de borrego.
© Mundinteractivos, S.A.

Cuánta razón tiene este hombre y qué bien escribe. Lástima que sólo lo saquen en verano en lugar de algunos inútiles que yo me sé.