Políticos y periodistas, suspensos en Educación para la Ciudadanía, de Antonio Casado en El Confidencial
Como este rincón opinativo cierra hasta septiembre, me permito una confesión de parte. Sin que sirva de precedente. Con un punto de autocrítica y sin exagerar. La exageración ya la ponen aquellos foreros que, a veces de forma destemplada, fustigan diariamente estos artículos. Están en su derecho, faltaría más. Y si la crítica va exenta de malos modos, se agradece. Si no, paciencia y barajar.
La autocrítica alude a la falta de compromiso real de políticos y periodistas con los problemas del ciudadano de a pie. Nuestros debates se extravían en el campo de las categorías. Una forma de eludir las anécdotas: pequeños problemas con grandes incomodidades. Por su cansina frecuencia, hacen más visible la desprotección del hombre de la calle. A saber: colas frente al mostrador del aeropuerto o la caja de un supermercado, listas de espera en la Sanidad pública, atascos de tráfico, aglomeraciones del Metro en hora punta, desidia profesional, malestar vecinal del barrio ignorado por los servicios municipales, funcionarios desatentos, incompetencia de operarios a domicilio en pequeñas reparaciones, tiempo perdido frente a una ventanilla, etc.
¿Cuántos políticos o periodistas de relumbrón pasan realmente por esto, cada día, de forma habitual y no una sola vez para contarlo? La respuesta habita en el síndrome Zapatero (Tengo una pregunta para usted, TVE), que desconoce, o desconocía en aquel momento, el precio del café en la barra de un bar. Y está directamente relacionada con la caída de periodistas y políticos en el ranking de valoración ciudadana.
Para seguir el juego gobernante-gobernado, un político o un periodista, buenos conocedores de las reglas, invocaría rápidamente una amplia gama de resortes defensivos de libre disposición. Desde el libro de reclamaciones hasta el recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional, pasando por el Defensor del Pueblo, los jueces en general o la denuncia en comisaría. Eso es la teoría. En la práctica, lo único que funciona, al menos como descarga de ira ante la impotencia, es la blasfemia o el desahogo verbal. Algunos pensarán en el magnicidio pero eso es absolutamente desaconsejable. Ni se les ocurra. Sería excesivo y además está penado por las leyes.
De especial encaje en la clase periodística, como institución mediadora entre representantes y representados, están las cartas al director, los programas de presunto servicio público en los audiovisuales o las consabidas llamadas telefónicas al espacio de radio que abre sus micrófonos para que se explayen los oyentes. Eventualmente puede funcionar.
Por ir a lo más cercano, me temo que en el caso del gran apagón de Barcelona van a funcionar más las caceroladas televisadas para todo el mundo que las indicaciones del Ministerio de Industria recordando a los usuarios que "las compañías eléctricas distribuidoras están obligadas por ley a abonar de forma automática una contraprestación a los clientes afectados en la primera factura del año siguiente; es decir, en enero de 2008". ¿Será posible que el desamparo de miles y miles de barceloneses, a solas con sus respectivos problemas, todos derivados del apagón se reduzca a esta información ministerial y al vergonzante silencio de los directivos de las compañías responsables?
Empeñado como ando en hacer campaña a favor de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, no había escrito ni una sola línea sobre el bochornoso espectáculo que acabamos de dar al mundo por lo ocurrido en Barcelona. Sirva el fallo para recordar que la educación para la ciudadanía también es una asignatura pendiente entre políticos y periodistas.
A todos, buenas vacaciones.
