NOMBRAMIENTOS
No veo a Jorge de Esteban como a Klemens von Metternich, el canciller austriaco, dictando las condiciones de rendición a Napoleón tras la debacle de Rusia. Me lo imagino paseando por los jardines del Palazzo Borghese, la sede de la Embajada española en Roma, escuchando una opera de Verdi y tomando un jerez seco con Alfonso Guerra.
Veo a Jorge de Esteban como un gran diplomático, uno de los mejores que España ha tenido en las últimas décadas, y le veo como un brillante catedrático de derecho político, dos vocaciones que confluyen en una misma trayectoria intelectual y vital.«Yo no creo en el destino, concebido en el sentido de que toda está escrito en las estrellas, sino más bien pienso que el carácter es el destino», escribió Jorge de Esteban en este periódico hace algunos años.
El carácter le llevó a iniciar la carrera de Derecho en el viejo caserón de San Bernardo en Madrid, pero el destino le llevó a escribir más de 30 libros y a ser maestro de varias generaciones de juristas y políticos, entre ellos el ex presidente Aznar.
Tengo para mí que Jorge de Esteban ha sido el catedrático de derecho constitucional más importante y más influyente desde la muerte de Franco. No en vano Jorge fue discípulo de Luis Sánchez Agesta y de Nicolás Pérez Serrano en la Complutense, que le abrieron los ojos sobre el funcionamiento de las instituciones y los partidos en la Europa democrática. En esa cadena ininterrumpida de la transimisión del saber, Jorge ha formado a diez catedráticos, entre ellos, Pérez Tremps, López Guerra, González Trevijano y el difunto Santiago Varela.
Hay que recordar que Jorge de Esteban asesoró al PSOE durante los trabajos de redacción de la Constitución y que muchas de sus sugerencias fueron incorporadas al texto definitivo. Unos años antes, había dirigido una obra títulada Desarrollo político y Constitución española, que sirvió de verdadera hoja de ruta jurídica de la Transición, como el propio Torcuato Fernández Miranda reconoció generosamente.
Jorge es un gran maestro y un gran difusor de ideas, como lo era Maurice Duverger, colaborador habitual de Le Monde y el teórico de derecho político más influyente en Europa en los años 60 y 70. Fue Duverger quien dirigió la tesis de Jorge de Esteban en la que analizaba la evolución del sistema político francés desde la Revolución Francesa a la V República gaullista.
Su etapa en París, tras terminar la carrera de Derecho, marcó profundamente no ya sólo sus ideas sino su actitud ante la vida y sus valores, absolutamente distantes de la España franquista de los años 60. Jorge cuenta una divertida anécdota sobre aquella experiencia. El día que estaba citado para leer su tesis ante el tribunal, un conserje le impidió la entrada en la Sorbona: «No puede usted pasar. Es la Revolución». Era Mayo de 1968.
A Jorge, bajo su apariencia de gentleman, se le ha quedado mucho del carácter irreverente de Mayo del 68. Es un espíritu acostumbrado a pensar por su cuenta y a rechazar el discurso de lo políticamente correcto, lo que hace muy difícil catalogarlo.
A riesgo de simplificar, diré de él que es un hombre de sensibilidad de izquierdas, que pertenece al partido de la inteligencia. Lo demostró en sus años en la Embajada de Roma cuando realizó un ingente trabajo de promoción de la cultura española en Italia, Por allí pasaron Guerra, Solana, Morán y otros muchos ministros que gozaron de su hospitalidad y su bonhomía.
Sobre esa etapa ha escrito unas interesantísimas memorias que arrojan claves no sólo sobre los vicios congénitos del sistema político italiano en los años 80, cuando gobernaba el llamado pentapartito, sino sobre los abusos de poder del todavía incipiente felipismo que le ocasionó una profunda decepción.
Italia fue su paraíso perdido, pero la añoranza que siente por aquella etapa sólo ha servido para enriquecer su vida. Jorge es aficionado al fútbol, hincha del Real Madrid, mal jugador de tenis, amante de la música y la pintura y amigo de sus amigos, entre los cuales modestamente me incluyo. Pero sobre todo es madrileño de varias generaciones, algo que aflora en su sutil sentido del humor y en su concepción de la existencia.
No se puede hablar de Jorge de Esteban sin mencionar a su gran amigo y alter ego: Enrique Gimbernat. Ambos se conocieron en el instituto Ramiro de Maeztu con ocho años y, desde entonces, han mantenido una amistad ejemplar. Confieso que no sé a quien admiro más de los dos, pero he podido constatar durante los 16 años que llevamos juntos en EL MUNDO el talento y los extraordinarios conocimientos de ambos.
Los dos pertenecen a una generación marcada por la posguerra y por el rechazo de un régimen franquista que ahogaba a quien tenía inquietudes intelectuales. Al acabar la carrera, Gimbernat se fue a Hamburgo y Jorge, hijo de un medico, optó por marcharse a seguir sus estudios en París.
Resulta difícil separar la espuma de la ola al intentar describir una vida en tan poco espacio. Pero no se pueden concluir esta semblanza sin destacar los impresionantes trabajos de Jorge de Esteban sobre la historia del derecho constitucional en España, en los que se diseccionan los grandes males que han lastrado nuestra convivencia en los dos últimos siglos.
A nadie se le escapa que Jorge de Esteban ha sido también una pieza clave en el devenir de este periódico, al que se incorporó desde su fundación en 1989. Ha escrito desde entonces cerca de 350 artículos, en los que fue el primero en plantear la necesidad de reformar el título VIII de la Constitución para fijar un techo de competencias a las comunidades autónomas, una tesis a la que se ha apuntado después el Consejo de Estado.
Estoy seguro que desde su nuevo puesto como presidente del Consejo Editorial, seguirá contribuyendo al debate intelectual en EL MUNDO, un periódico en el que -bajo la dirección de Pedro J. Ramírez- hemos coexistido personas de muy distintas ideologías pero todas unidas por un ideario fundacional profundamente comprometido con la defensa de las libertades.
Trabajamos en un gran periódico porque las personas que lo hacen son grandes. Jorge de Esteban -como Enrique Gimbernat- es uno de los talentos que han engrandecido el producto y que nos han hecho crecer intelectualmente a quienes nos hemos sumado al empeño. Quede constancia del agradecimiento de todos..
Pedro G. Cuartango es subdirector y jefe de opinión de EL MUNDO.
@FIRMA:PEDRO G. CUARTANGO
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