BULEVAR

En los últimos tiempos las incidencias nos acosan. Llamo por teléfono a una agencia de viajes y me contestan que a causa de una incidencia el sistema informático ha dejado de funcionar. Pregunto si la incidencia es grave o es leve y me contestan que es de pronóstico reservado. Me quedo en suspense. ¿Cómo saber si la incidencia evolucionará favorablemente? También han ocurrido incidencias en las carreteras, en el servicio de reparto del butano, en algunas editoriales, en el Parlamento, y la más grave fue la incidencia que dejó a oscuras a más de la mitad de Barcelona, la ciudad elegida por los turistas para conocer el estadio del Barça, la Sagrada Família, la Catedral, la Pedrera, la fachada de la Fundació Tàpies, la paella y la sangría. Esta incidencia, muy grave, acarreó innumerables incidencias en cascada: cortes en las líneas de metro, personas atrapadas en ascensores, hospitales que debieron suspender algunas operaciones quirúrgicas, y las neveras que dejaron de funcionar en pleno verano. Si teníamos la pretenciosa idea de intentar averiguar en qué consistía esta incidencia de la compañía eléctrica nos encontrábamos con un bucle de números telefónicos que nos remitían a otros, el último de los cuales, por supuesto, no contestaba. Porque una de las características de las incidencias es su omnipotencia. La incidencia es completamente autónoma, no da explicaciones a nadie. Como tiene el poder, no necesita ser explicada. Cuando ocurre una incidencia un grave silencio la rodea. La incidencia se explica por sí misma, es tautológica: una incidencia es una incidencia.

Y todo el mundo a callar, nada de preguntar. A cada rato ocurren más incidencias, de modo que nos volvemos vulnerables y frágiles ante ellas. También es misterioso -del orden de los misterios sacros- cómo se soluciona una incidencia.

Me imagino que hay expertos en arreglar incidencias, pero nadie los conoce, son como los masones, una orden secreta. Por eso cuando se me desconfigura el ordenador llamo al servicio de reparación y le digo que me ha ocurrido una incidencia. Pero a veces no consigo que me atiendan, porque a su vez, en el servicio de reparaciones ha ocurrido una incidencia y no saben cuándo podrán asistirme.

El apagón de Barcelona nos devolvió al estatuto perdido de dependientes, frágiles, vulnerables. Yo ya se lo había preguntado a Pasqual Maragall cuando era candidato a la Generalitat: ¿el Estatuto nos resolverá los problemas de infraestructura, la vieja red eléctrica, la aluminosis, los ruidos, los ambulatorios llenos? Me contestó que lo primero es lo primero, y yo entendí que se trataba de una incidencia prioritaria. A veces tengo la sensación de que yo también soy una incidencia que me ha ocurrido de manera inexplicable; una incidencia que escriba este artículo, una incidencia el periódico donde se publica, una incidencia el verano. Y como toda incidencia se explica por sí misma, hasta que el servicio de reparaciones me venga a arreglar, si no está padeciendo una incidencia.

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