La función de la escuela es instruir en ciencias y letras, además de enseñar urbanidad. Una declaración de principios que viene de antaño, que no parece que pueda despertar recelo alguno y que resulta aplicable a las diversas culturas. Aprender sobre ciencia, sobre materias concernientes al género humano y el planeta que le acoge, y formarse para ser una persona cívica puede ser aceptado de norte a sur y de este a oeste. Que a tal programa se le añada la enseñanza de la religión - de las múltiples religiones presentes a lo largo y ancho del orbe- constituye una opción adyacente, relacionada con la ideología dominante en los gobiernos.
En España se impartieron obligatoriamente clases de religión en todas las escuelas, públicas o privadas, durante décadas, habida cuenta de que gobernaba una dictadura confesional católica. Era una asignatura cuya nota final contaba tanto como la de matemáticas, gramática o cualquier otra. Con el advenimiento de la democracia, en el seno de la enseñanza pública las clases de religión se fueron convirtiendo en optativas, de forma que los padres creyentes que no habían elegido un centro privado confesional para educar a sus hijos contaban con la posibilidad de que también recibieran clases de religión.
Actualmente, con la introducción en la enseñanza primaria de una asignatura que se denomina educación para la ciudadanía, se ha levantado un revuelo que asombra. Cuando en general se espera de la escuela que contribuya con firmeza a la educación que proporciona la familia - a menudo con una eficacia mediana-, cuesta entender que algunos grupos se opongan a la intención de conseguir buenos ciudadanos. Esto al margen de credos, claro está, puesto que tan buen ciudadano puede y debe ser un católico como un protestante, un musulmán, un budista, un agnóstico, un ateo. Ciudadanía, sinónimo de civismo, comporta respeto hacia las demás personas y respeto tanto hacia el patrimonio privado como el colectivo. Tan sencillo y tan importante como esto, obviando cualquier connotación confesional.
Con un poco de suerte, en las librerías de viejo aún es posible encontrar un libro de la época franquista cuyo objetivo era enseñar urbanidad a los escolares. Todos ellos recibían la educación católica con profusión, pero además contaban con el citado texto, en el cual figuraban advertencias al estilo de: si ves a una persona mayor cargada con paquetes, ayúdala; cuando llueve, no corras porque el suelo mojado resbala; si tienes una persona gorda sentada a tu lado, ten paciencia, y se veía la ilustración de una mujer obesa y un niño apretujados en el asiento de un tranvía. Eso entre otras muchas advertencias de carácter práctico, no por obvias para los mayores menos útiles para los pequeños.
La enseñanza de la religión ocupaba un lugar preeminente, sin lugar a dudas, pero no colisionaba en absoluto con el libro de urbanidad. Ha transcurrido el tiempo y las circunstancias han cambiado. Primero es el comportamiento cívico, que concierne tanto a niños como a adultos, y luego son las creencias. Su enseñanza corresponde por excelencia a un espacio: los centros de culto, el que sea. Si las escuelas religiosas desean contribuir al magisterio, nadie se lo impide. Por su parte, el sistema público cuidará de que todos los alumnos conozcan sus obligaciones con la sociedad. Que a esto intenten llamarlo adoctrinamiento justo quienes durante años sí adoctrinaron a fondo no deja de resultar irónico.
E. SOLÉ, socióloga y escritora.

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