La exigencia que ayer dirigía el Bloque al PP para trabajar juntos por un nuevo Estatuto de primera insiste en una idea tentadora, pero falsa: la de que las diferencias partidistas en relación con la reforma estatutaria son de ambición y no de ideología.
Así, según tal forma de argumentar, quien más descentralización exigiese estaría defendiendo mejor los intereses de Galicia y peor quien decidiese exigir menos. El debate no sería, por tanto, el de si una determinada reivindicación favorece o no la cohesión o el buen funcionamiento del Estado sino sencillamente el de quien es mejor gallego, es decir, más patriota. Desde esa perspectiva, la respuesta a la cuestión no ofrece dudas: de lo que se trataría es de ir al copo, como si la reforma estatutaria fuese un gran bodorrio con barra libre incorporada, de esos en los que es posible consumir sin tasa alguna porque, a fin de cuentas, todo es gratis.
Pero si hay una verdad en este mundo, además de que habremos de morir, es que nada en él es gratis: ni las bodas ?donde o pagan los sufridos padres, o los novios o el banco que da el crédito? ni, por supuesto, las reformas de los Estatutos autonómicos.
Y ello por una razón que incluso el más obtuso patriota puede comprender: porque cuando se reforma un Estatuto, todo lo que gana competencialmente una región lo pierde el Estado central, sin que esté escrito en parte alguna que con ese cambio salgan ganando ni la región, ni el Estado, ni los ciudadanos que habitan en el uno y en la otra. Por ejemplo: ¿sería mejor, como pretenden los nacionalistas y algunos socialistas en proceso creciente de nacionalistización, que las comunidades recaudasen todos los impuestos? No lo parece, pues, además de que tal cosa no pasa en ningún Estado federal, esa reforma destrozaría las posibilidades del Estado de asegurar la cohesión entre sus ciudadanos y la solidaridad entre sus regiones.
Por tanto, y por seguir con el ejemplo, estar a favor de esa radical reforma tributaria no supondría ser más ni menos patriota. Expresaría, simplemente, determinadas creencias ideológicas, contrarias a la solidaridad entre territorios y personas, al tiempo que un total desinterés por el futuro del país en que hoy vivimos.
El BNG comparte tales planteamientos y hace muy bien en defenderlos. El PSdeG tiene otros (o, por lo menos, los tenía) y haría muy bien en defenderlos. Y el PP tiene los suyos, y hace muy bien en defenderlos. Lo que no es natural es que el BNG nos venga con el cuento de que quien reivindica una cosa y no la otra tiene más ambición de país. Pues si hay quien cree que esa supuesta ambición debe defenderse al margen de la existencia de España como Estado, hay también quienes, por el contrario, sostenemos que esa existencia es garantía de solidaridad, democracia y libertad.

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