Imagino que cuando al líder del PP, Mariano Rajoy, le leyeron el pasado jueves 19 por teléfono la carta de dimisión de Josep Piqué debió de abrírsele el suelo bajo sus pies, y pensaría algo así como “¡qué gilipollas somos!”, refiriéndose, en general, al personal que campa por su partido, muy dado a la vanidad y, por tanto, a la luchas cainitas de poder. No llevaba un buen mes el líder del centro-derecha. El debate del estado de la Nación se le había torcido a decir de las portadas de los periódicos, y ni el propio político gallego era capaz de entender porqué si el mismo día del debate todos le decían que había salido redondo, al siguiente la percepción cambiaba de manera radical, y todo debido al anuncio tan irresponsable como demagógico de pagar 2.500 euros por hijo nacido a partir de esa mañana de gloria bendita para las madres parturientas, y de infarto para Solbes.
Un estúpido cambio de Gobierno y la anunciada vuelta de José Ejque Bono a no se sabe donde terminaban por devolverle la iniciativa a Rodríguez, mientras que el PP encadenaba una suerte de despropósitos y no conseguía romper esa dinámica ni con el regreso de Rato a ninguna parte, ni con el fichaje estrella de la primera ‘cara nueva’ recuperada de los archivos históricos del PP, es decir, Juan Costa, ni con el anuncio de reforma de una Ley Electoral que ha pasado sin pena ni gloria porque el personal está con la cabeza puesta en la tumbona. Pero algo había que hacer, obviously. Lo que no estaba previsto, ni mucho menos, es que el hombre tranquilo que dirigía hasta ese momento los destinos irreconciliables del PP catalán diera un portazo y se fuera con cajas destempladas poniendo a parir a todo el que le rodeaba.
No era de extrañar que al día siguiente de aceptar, esta vez sin más dilaciones, la espantada equivocada y en caliente de Piqué, Rajoy dijera en El Escorial aquello de “la política es muy dura”. Lo primero que pensé, al escuchar la frase, es que, pese a todo, era una manera poco amable de despedir a una persona que había pasado en Cataluña las de Caín sin encontrar, en muchas ocasiones, el consuelo de Génova. Pero después, volviendo a reescuchar la frase, y sobre todo el tono, lo comprendí: Rajoy no se refería a Piqué... se refería a él mismo. Y es que después de que los suyos le subieran a los altares en el templo que guarda las esencias de la libertad gracias a la victoria del 27 de mayo, solo unas semanas después se cuestionaba, no solo su liderazgo, sino incluso la existencia misma del centro-derecha como alternativa a la política populista, demagógica y revanchista de Rodríguez Zapatero. Vale, exagero –no me refiero a lo de Rodríguez-, pero es que estos chicos del PP se vienen abajo con una facilidad...
Si la política en general tiene tendencia a la ciclotimia, en la derecha esta dolencia psíquica se agrava y enseguida sufre del mal de altura, le entra una pájara de aquí te espero y se puede ver a los diputados del PP por las esquinas con aspecto derrotado y convencidos de que sufren las siete plagas de Egipto, predestinados a padecer toda clase de males, huérfanos de liderazgo y rotos en mil pedazos. Si Rodríguez peca de un optimismo antropológico de raíces narcisistas, la derecha adolece de un pesimismo sistémico instalado en la misma esencia de su ser. Hombre, ni todo estaba ganado el día antes del debate de la Nación, ni todo está perdido tres semanas después a pesar de los pesares. Como le gusta decir a Pío García Escudero, uno de los pocos que observan el tendido desde la barrera con indudable sentido de la proporcionalidad, el día 1 de septiembre el contador se pone a cero, y eso es lo que cuenta.
Y es que, a pesar de todo lo que se ha dicho en estas semana y, sobre todo, en estos últimos días, Mariano Rajoy no ha dejado nunca de tener el control de la situación, como lo demuestra el hecho de que veinticuatro horas después de la crisis catalana la resolviera de un plumazo con la elección de una ‘cara nueva’ al frente del PPC: Daniel Sirera. Tiempo vendrá que le dará la razón a Rajoy en esta apuesta por el equilibrio. Rajoy pisa suelo firme, a pesar de que los suyos se desmayen por las esquinas, y prepara con ahínco la vuelta de vacaciones, consciente de que es a partir de ahí cuando tiene que dar el do de pecho en una circunstancia complicada, es decir, esa en la que el Gobierno tira del presupuesto para comprar los votos de cuantos más pueda, mejor. El regreso de algunos de los históricos a la primera fila no es más que un refuerzo dirigido a volver a convertir la nave del PP en un portaviones, después de que tras el 14-M y la espantada general se quedara convertida en canoa de bambú.
Salvo excepciones traumáticas como la del 11-M, es raro que circunstancias coyunturales modifiquen las tendencias, y aquí la tendencia –demostrada en las elecciones municipales, que es la única encuesta que vale- es que cualquiera de los dos puede ganar. Los meses que restan desde septiembre hasta la fecha de las elecciones serán trascendentales. Rajoy tiene que hacer gestos que demuestren a la opinión pública que puede confiar en él, y aunque yo comparta la idea de que nadie sobra en el PP –y menos cuando en frente siguen los de los GAL dando la barrila-, también es verdad que la incorporación de aire fresco siempre es buena cosa, y en ese sentido si maduran fichajes como el de Pizarro o el portavoz del CGPJ, Enrique López, entre otros, la renovación por adición tendrá sentido, porque entre otras cosas se trata de gente identificada con la idea de centro-liberal que predica Rajoy, y con los principios y valores que hicieron posible la Transición.
El otro fiel de la balanza que servirá para situar al PP como alternativa al erratismo populista de Rodríguez es una oferta electoral acorde con las necesidades del país. Nos adentramos en una crisis económica de la que ya estamos percibiendo los primeros síntomas, y la gente tiene problemas reales, esos a los que no atiende Rodríguez, para los que hace falta propuestas realistas y políticas serias y con visión de medio-largo plazo, ancladas en un convencimiento profundo del sentido de la libertad de todos y en todos los sentidos. Creo que Rajoy sabe lo que tiene que hacer, aunque a veces su particular modo de manejar los tiempos consiga exasperar a los más impacientes. Después del verano veremos si me equivoco o no, pero tengo para mi que el político gallego sabrá combinar alguna que otra sorpresa con una oferta completa de ideas y personas, y el apagón de este verano se habrá quedado en eso, en un par de noches a oscuras que a veces no vienen mal para tantear el terreno que se pisa.

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