Es harto conocida la frase atribuida a Cordell Hull, Secretario de Estado estadounidense entre 1933 y 1944, sobre el dictador dominicano Rafael Trujillo: "Puede que sea un hijo de p., pero es nuestro hijo de p.".
Cuando en 1999 el General Pervez Musharraf destituyó al poder constitucional mediante un golpe de Estado, Estados Unidos impuso sanciones a Pakistán, y protestó de nuevo cuando el nuevo hombre fuerte incumplió sus promesas de un rápido restablecimiento democrático al autoproclamarse presidente en junio de 2001.
Como sabemos, el 11-S cambió por completo el escenario político en esa atormentada parte del planeta, y Musharraf se convirtió en "nuestro hijo de p.", un aliado imprescindible contra el terrorismo.
Seis años después, el problema es que las únicas noticias sobre Bin Laden son sus vídeos, y que Al Qaeda ha reconstituido su operatividad en las zonas tribales fronterizas con Afganistán, un nido de primitivismo y fanatismo violento. Por si fuera poco, el extremismo islamista se extiende, carcomiendo cual cáncer la sociedad pakistaní y amenazando la estabilidad del país, como quedó demostrado con el reciente baño de sangre en la Mezquita Roja de Islamabad.
A lo largo de estos años, el general Musharraf no ha cesado de avergonzar a sus aliados occidentales. En 2002 se hizo reelegir por 5 años con un 90% de votos en un fraudulento plebiscito, y cambió la Constitución a su gusto para reforzar el rol del Ejército y el poder ejecutivo, otorgando al presidente la potestad de disolver el parlamento. En 2004 perdonó al "padre" del programa nuclear pakistaní, A.Q. Khan, después de que éste confesara haber vendido por su cuenta tecnología nuclear nada menos que a Irán, Libia y Corea del Norte. El pasado marzo cesó al juez supremo Iftikhar Chaudhry, quien objetaba a que el General mantuviera los cargos de Jefe del Ejército y de presidente. Chaudhry resultaba especialmente incómodo porque también se atrevió a anular una privatización favorable a un amigo del primer ministro y estaba investigando la desaparición de unos 400 ciudadanos a manos de los servicios de inteligencia.
El presidente afgano Hamid Karzai ha acusado reiteradamente al servicio de inteligencia pakistaní de apoyar a los talibanes en la zona fronteriza. De hecho, Pakistán financió y armó a los talibanes, pashtunes como el 20% de pakistaníes, en su lucha contra otros grupos por el control de Afganistán. Junto con Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, fue uno de los únicos tres países que reconocían al régimen talibán. Pakistán tutelaba a un régimen en apariencia dócil para aumentar su influencia regional y entrenar a jihadistas para acciones violentas contra India en Cachemira. El sorprendente ataque a las Torres Gemelas le pilló a contrapié, con los aliados -talibán- y las técnicas -terrorismo- equivocadas. Pakistán alimentó el radicalismo islamista que ahora lo amenaza.
A finales de este año habrá elecciones legislativas. El presidente debe ser elegido (cuando no se inventa un plebiscito) por un colegio electoral formado por miembros del parlamento y las asambleas provinciales. Pero Musharraf pretende ser reelegido por 5 años más por los diputados salientes, no por los nuevos!
Después de la insurgencia de la Mezquita Roja y los graves disturbios que han seguido, el dictador declaró que la inseguridad reinante requería que él combinara los cargos de presidente y Jefe del Ejército. La oposición, liderada por la antigua primer ministro Benazir Bhutto, sostiene lo contrario, que la concentración de poder desestabiliza y que hay que restablecer la democracia. Pocos días después, la Corte Suprema restituyó su cargo al juez supremo, de quien se espera prosiga su actuación contra las pretensiones del General.
Cuestionado y desprestigiado en su país, Musharraf será criticado haga lo que haga frente al islamismo radical, por demasiado blando o por plegarse cual siervo a Estados Unidos. Por su parte, los norteamericanos, ya hartos, anuncian que se reservan la posibilidad de atacar a Al Qaeda en Pakistán.
Pervez Musharraf una vez identificó la economía, el extremismo y la intolerancia como los tres principales problemas de Pakistán. La economía crece a buen ritmo, pero él parece haber perdido la capacidad de liderazgo para resolver los otros dos.
Pakistán cumplirá 60 años el próximo 14 de agosto sumido en una grave crisis política y existencial. Es hora de que llegue el Estado de Derecho y la democracia al país. Basta ya de dictadores hijos de p., aunque hayan sido los nuestros.

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