La industria de la nostalgia ha sacado al mercado el producto que ahora toca: el recuerdo de los Juegos Olímpicos que hace quince años convirtieron Barcelona en una referencia mundial. Esto también debe ser memoria histórica, se supone. Aunque esté más cerca del presente. Porque la memoria histórica no es sólo lo que tiene que ver con repúblicas, guerras inciviles, dictaduras y persecuciones de hace setenta o cuarenta años. Así que, como es normal, cada cual tiene los souvenirs que puede de aquel tiempo en el que se cantaba aquello de "amigos para siempre" y tal.

El verano del 92 contiene muchas cosas. Entusiasmos populares y detenciones indiscriminadas del juez Garzón, fiesta sin reposo y batalla de símbolos, orgullo de hacer las cosas bien y miseria de los que trataron de esconder el nombre de Catalunya. Los que mandaban en el entramado olímpico - conocí algunos- se sentían como dioses tocados por la gloria, es comprensible. Tras los fastos, muchos se sumieron en la crisis propia del astronauta que ha pisado la luna y que ha perdido interés por todo. Algunos cambiaron de pareja, otros emprendieron el camino hacia Katmandú, y no faltó quien acarició la idea de vivir eternamente dentro de un decorado. Recuerdo que, en septiembre de 1992, cuando todo había pasado, me encontré un amigo que, tras haber tenido altas responsabilidades en el COOB - siglas de la organización que eran mágicas- se tomaba unas largas vacaciones sin plantearse fecha de retorno a la vida normal. ¿Qué harás ahora?, le pregunté. Mi amigo, que es de la generación que hoy está en los cincuenta, me respondió que eso no le preocupaba. Ser olímpico daba tanta seguridad que algunos no aterrizaron hasta que chocaron contra el Fòrum 2004.

No quiero aguar el recuerdo a nadie, faltaría más. Pero debo hacer constar que muchos ciudadanos vivimos todo aquello con moderado escepticismo. No todos flotábamos por la calle aquel verano del 92. Entonces pensaba - y lo sigo creyendo ahora- que era tan ridículo ponerse en contra de los Juegos de Barcelona (cosa muy minoritaria) como convertir aquel momento en una nueva religión y una nueva ideología, como pretendían ciertos poderes. La Barcelona olímpica cambió muchas cosas a mejor, pero también tuvo sus zonas grises. Todo el mundo necesita ilusiones, también las ciudades. Pero no todo el mundo vive y cuenta la feria del mismo modo. No es obligatorio, por suerte, asumir la nostalgia prestada de aquellos que han puesto en el centro de su vida el verano de 1992. Hubo vida y hubo ilusión más allá de todo aquello. Tocamos el cielo, dice el relato oficial de esos días. Pero nadie precisa si era el séptimo o el tercero.