La generación de intelectuales catalanes que ronda los cincuenta está mirando atrás: después del libro autobiográfico de Lluis M. Todó El mal francès (es su diario de los veinte años, comentado tres décadas más tarde) y de las memorias de Pepe Ribas Los 70 a destajo (Ajoblanco y libertad), llega ahora Filologia catalana (Memòries d´un dissident) de Xavier Pericay.

Pericay tiene mucho en común con Ribas y Todó: los tres pertenecen a esa clase ilustrada, burguesa aunque no siempre rica, culta, liberal, cosmopolita a la vez que endogámica, tan típica de Barcelona. Cada uno, sin embargo, estructura su autobiografía en torno a un eje muy distinto: para Todó la homosexualidad, para Ribas, la contracultura, para Pericay la lengua catalana y el catalanismo. Su trayectoria es insólita: empezó siendo filólogo y poeta catalán - discípulo de Joan Vinyoli- y ha terminado abandonando Catalunya, escribiendo en ABC y fundando Ciutadans pel Canvi.

Contrariamente a muchos catalanes, bilingües desde siempre o que aprendieron a hablar en castellano (como es mi caso: mi familia materna procede de Ávila), Pericay creció en un entorno totalmente catalanoparlante. Se educó en el Liceo Francés (donde por cierto coincidí con él: como delegados de los respectivos cursos organizamos en 1974, junto con otros, una huelga de alumnos, versión casera e inocente de mayo del 68). Luego estudió Filología Catalana y escribió con Ferran Toutain un ensayo que hizo época: Verinosa llengua,alegato a favor de una lengua más fluida y natural que el catalanesc propiciado por el Institut d´Estudis Catalans. El paso de esa crítica lingüística a la crítica política es el hilo conductor del libro, con sus hitos y etapas: el trabajo como asesor lingüístico y periodista, la lectura en profundidad de Pla, una visita a Pasqual Maragall, un estreno de Els Joglars en que el todo Barcelona brilla por su ausencia - en castigo por la postura política de Boadella-, las polémicas a veces sangrantes con participación de Gil de Biedma, Perucho, Barral, Joan de Sagarra... (Por cierto, que a Pericay nunca parece llamarle la atención que ese todo Barcelona cultural y político en el que se mueve sea masculino en un 90%. Su insensibilidad hacia las dificultades que tienen las mujeres para acceder al ámbito público le impide también ver otra cosa que persecución ideológica - por ser anticatalanista- en la sanción contra un profesor universitario inculpado de acoso sexual. Pero ya se sabe que no basta con tener espíritu crítico para ejercerlo respecto al propio bando...).

El momento clave (lo hay en todas las conversiones, religiosas o políticas), la gota que colma el vaso, es el affaire Coromines. Unos años antes, recuerda Pericay, Joan Vinyoli tuvo la elegancia (aunque no le sobraba el dinero) de rechazar un premio otorgado por el Estado español, ya que le consideraba opresor de Catalunya. Coromines, en cambio, al concedérsele el Premio Nacional de las Letras, lo acepta... con una carta en la que protesta porque España, según él, "niega o regatea los derechos de la nación y la lengua catalanas" (¡en 1989!). A Pericay esto le parece, con razón, sintomático de una sociedad, o parte de ella, que en nombre de pasados agravios cree tener todos los derechos y ninguna obligación - ni siquiera la de la coherencia- y mantiene una actitud antifranquista tres décadas después de muerto Franco... En fin, a mí Filologia catalana me ha parecido un libro valiente, convincente y honrado, que hay que tener en cuenta.