El pasado lunes por la mañana un ciudadano barcelonés estaba leyendo, como cada semana, el puntual artículo de Antoni Puigverd en La Vanguardia. Su título, "Regresando al feudalismo", era bien expresivo: se refería a la Barcelona y la Catalunya actuales. El texto le interesó particularmente al lector, iba redescubriendo lo que él ya intuía pero no sabía expresar.

"Una ciudad que tiende cada vez más al conflicto de intereses, al espeso enmarañamiento de todos contra todos. Chocan los políticos. Y chocan los ciudadanos (...)". Exacto, exacto, se decía a sí mismo. Y seguía leyendo: "Barcelona está en riesgo de morir de éxito. La Barcelona transformada, abierta al mar, olímpica y guapa tiende... al colapso, al desorden, a la confusión. Nadie está en condiciones de introducir claridad". Sí, sí, repetía el lector entusiasmado. Y seguía leyendo. "Esta falta de liderazgo coincide con el uso abusivo y descontrolado del recurso al pataleo... Cada cual va por su lado... tanta protesta paraliza. Tanta discusión convierte la vida barcelonesa en un embrollo infinito. Catalunya se feudaliza: imperan las taifas... si todo el mundo protesta, desaparece la autoridad". No puedo estar más de acuerdo, repetía el ávido lector.

En ésas, a mitad de artículo, se le ocurre poner la radio para oír las noticias: "La caída de un cable en una subestación provoca un caos que paraliza media ciudad. 300.000 mil abonados se quedan sin luz, el apagón afecta a metro, tranvía, ferrocarriles y deja un 90% de los semáforos inutilizados. Los hospitales no pueden atender a sus pacientes y muchos comercios están cerrando...". Alucinado, busca más noticias, enciende la televisión, conecta internet: todos dicen lo mismo.

En estado de desolación, el ciudadano vuelve a refugiarse en el profético artículo de Puigverd: allí se habla de la abstención, de la debilidad del gobierno municipal, del túnel del AVE, del bienvenido míster Woody Allen... Pasmado, se detiene a releer el siguiente párrafo: "No es extraño que impere un miedo irracional a la caída de los túneles. Al hundirse el túnel del Carmel, la clase política, los técnicos y las constructoras dedicaron sus mayores esfuerzos a quitarse las culpas de encima. El túnel se cubrió con cemento, con indemnizaciones, con obscenas maniobras políticas de distracción. Pero junto con el del Carmel se hundió otro túnel: el de la confianza entre la sociedad catalana y su entera clase dirigente". Y concluye Puigverd: "De aquellos polvos vienen los presentes lodos. Ahí está, abierto como en el primer día, el pozo de la desconfianza".

El pozo de la desconfianza: éste es el diagnóstico. El problema no es un cable que ha provocado un brutal apagón, cosa que puede suceder en cualquier ciudad del mundo. El problema es que llueve sobre mojado: nadie se fía de nadie. Ni de los políticos, ni de las empresas, ni de los técnicos, ni de los medios de comunicación, tan escarmentados, escépticos y desilusionados están todos. El gran apagón sólo ha sido una vuelta de tuerca más. La paradoja es que todo ello sucede en una Barcelona que se considera espejo de modernidad, en una Catalunya con un grado de bienestar y de prosperidad más que notable. ¿Qué sucede, pues, para que se haya instalado la desconfianza entre nosotros, para que estos días muchos hablen, con notable exageración pero con una intención muy clara, de ciudad tercermundista y de república bananera? Probablemente, las causas habría que buscarlas en una difusa mezcla entre una ideología de autosatisfacción, un populismo barato a la última moda progresista y una autoridad política muy debilitada.

Todo empezó durante el pujolismo, en los años 80, en que se fabricó la imagen de una Catalunya ideal y maravillosa, de unos catalanes que se iban a comer el mundo. Quizás para no quedarse atrás, la izquierda llegó a idealizar con el mismo tono a la Barcelona olímpica, la "millor ciutat del món", en desafortunadas palabras de Joan Clos. Todo ello puro mito, lamentable aldeanismo. Somos lo que somos: una estupenda ciudad, un magnífico país, pero mirémonos en un espejo que no sea deformante para no engañarnos. Si a ello le añadimos unas gotas de pacifismo, feminismo, ecologismo, libertad sexual y solidaridad planetaria, todos muy nobles ideales pero en sus versiones más intelectualmente cutres y demagógicas, el cóctel es explosivo: una Barcelona y una Catalunya autosatisfecha que "desprecia cuanto ignora", como la España que denostaba Machado.

Al ciudadano medio, que, como es natural, a veces tarda en comprender pero que de golpe lo entiende todo, se le han comenzado a abrir los ojos y viene premiando a nuestras autoridades con la abstención: la mitad, poco más o menos, ya no va a votar. El alcalde Hereu no debe olvidar que sólo le votó el 14,8% de los barceloneses censados. A Montilla un poco más, alrededor de un 20%. Débiles poderosos, frágil autoridad tienen.

En otra situación, los ciudadanos serían más pacientes y comprensivos. Un cable, ¡qué mala suerte! Pero la paciencia se les acabó: se les exige mucho - impuestos, cinturón de seguridad, zonas de fumadores, límites de velocidad, deberes lingüísticos- y se les da poco y mal: inseguridad pública, embotellamientos de tráfico, mal transporte de cercanías, retrasos en el AVE, Carmel, apagón.

Autocomplacencia, Catalunya mítica y mala gestión. La desconfianza en los políticos se ha instalado por una buena temporada. Tardaremos en salir de este pozo.

FRANCESC DE CARRERAS, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.