TESTIGO IMPERTINENTE

En verano los muertos suenan con mucho eco entre los vivos, como si nacieran por segunda vez. Lo tengo comprobado. Si no fuese porque yo no quiero morir (y porque nadie me dará bola en el telediario), pediría morirme como Jesús de Polanco, en un día desértico de atentados y catástrofes, sin sesión plenaria en el Congreso y con el Rey jugando a los barquitos.

A todos, incluso a los más miedicas, la muerte nos produce una suerte de fascinación hipnótica. Pienso en la liturgia de la muerte, esa morbosa conjunción de olores, llantinas, cánticos y silencios que impregnan los ritos funerarios. Juan Cueto, afincado en chez Polanco, publicó el otro día un artículo hablando de los nuevos usos mortuorios.

El artículo estaba escrito antes del fallecimiento del empresario, así que cualquiera podía pensar que el autor había sufrido un ataque de premonición. Pero no. Supongo que Cueto se inspiró en otro protagonista, alguien que era un muerto en otro entierro.

Perdonen una interrupción. Me encuentro en un pueblo del sur de Tarragona (por nombre, Tivissa) y en estos momentos suena por megafonía la música de L¿emigrant, una conmovedora canción que se utiliza para anunciar la muerte de los vecinos.

Sus notas arrastradas y profundamente melancólicas interrumpen el bullicio habitual de las calles y el aire queda como suspendido en si mismo. Las mujeres se refugian detrás de las persianas y en las tiendas se hace un silencio -nunca mejor dicho- sepulcral.

Vuelvo a Cueto. Conociendo su afición por la vanguardia robótica, supuse que en su artículo recomendaría seguir las exequias por iPhone, pero mi temor era infundado. También él echa de menos «el imponente barroquismo posmortem».

Y aquí entro yo. Me dan repelús los tanatorios de última generación, donde los muertos disponen de todos los servicios de un hotel cinco estrellas; detesto igualmente el mórbido olor de los desinfectantes que no evocan flores ni limones del Caribe, ni cera derretida, sino bocanadas de asepsia.

En cuanto a los entierros, esos actos sociales en los que el luto se lleva con un atuendo rockero, me pueden. Y no digamos las gafas negras para ocultar el dolor que no existe. Aunque lo peor, con todo, es la estúpida moda de aplaudir, cada vez más extendida.

El estilo gospel, cuando trascendió el ámbito de la negritud, dio lugar a algunas patochadas, y ésta es una de ellas. Las palmas convierten el entierro en un show. Aplaudir está de más. El mejor aplauso es el silencio.

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