El gran cineasta soviético Sergei M. Eisenstein hizo uso en sus películas de una técnica narrativa basada en la yuxtaposición de elementos: no es lo mismo que antes del plano de una mujer abriendo la boca venga el de un soldado disparando su fusil o la imagen de un reloj. En el primer caso la impresión producida en el espectador es de terror; en el segundo, de aburrimiento. Análogamente una viñeta pornográfica sobre los Príncipes de Asturias no pasa de ser una broma soez. Más de uno, sirviéndose de Photoshop, Gimp o cualquier otro software popular de retoque fotográfico, habrá hecho en cosas peores en su esfera privada. El secuestro “á la Metternich”de una revista de humor zafio, dirigida al sector menos cultivado de la población, da como mucho para una agria censura en Nodo 50, como recordatorio del lamentable hecho de que el Estado Español, después de tres décadas de democracia, sigue estando al mismo nivel que las monarquías policiales balcánicas en vísperas de la Primera Guerra Mundial.
Sin embargo, la sucesión casi simultánea de los dos sucesos produce un efecto distinto: la repercusión planetaria de un evento insignificante y de interés local, protestas masivas del público y, finalmente, lo que sin duda alguna se perseguía desde el principio: el desprestigio de la monarquía española. La gente podrá escribir lo que quiera, pero a mí no me van a convencer de que el caso de las viñetas no es una maniobra propagandística urdida desde Moncloa. El gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero tiene algún problema con la jefatura del estado, y esta es su forma de presionar a la Casa Real. El verdadero pergeñador de esta infamia ha sido el socialista errante, un personaje anónimo, mal afeitado, con chaqueta de pana y corbata de cuero, que pulula por los despachos del aparato inicializando teléfonos móviles con tarjeta de prepago y urdiendo trucos sucios, un individuo pragmático y desprovisto de escrúpulos al que le gusta aplicar con sistema la máxima del legendario banquero J. P. Morgan: “piensa mucho, habla poco, no escribas nada”.
Obsérvese la actuación en primer plano de destacados fontaneros como el Fiscal General del Estado y el juez de la Audiencia Nacional Juan del Olmo. También sorprende la celeridad y contundencia de las actuaciones, que con dramático despliegue de efectivos policiales proceden a confiscar los ejemplares en el mismo momento de su distribución -pero con tiempo suficiente para dejar que unos cuantos números caigan en manos del procaz lector y encuentren su camino hacia el ciberespacio-. Si esta eficacia la hubiéramos visto en el combate contra los incendios forestales o la corrupción en Marbella, a estas horas el aspecto del país sería otro.
Sin embargo, lo que más da que pensar es la postura de los medios afines al gobierno. En otros temas polémicos solían cerrar filas en torno al Presidente del Gobierno, animándole y jaleándole, por más cuestionable, absurda o impopular que fuera la resolución tomada. Pero esta vez no ha habido patéticos llamamientos a favor de la legalidad constitucional y el sentido de estado. Los más tibios se limitan a informar profusamente -contribuyendo de paso a que el suceso se extienda por todas las agencias de noticias del mundo-, mientras foros y blogs afines al Partido Socialista crepitan con soflamas a favor de la libertad de expresión, exigiendo que los ejemplares requisados sean devueltos a sus quioscos.
Hay un límite más allá del cual se entra en un modo de política partisano, sin argumentos ni programas, reducido ya tan solo a la calumnia y la demagogia. De sobra es conocido el bajo nivel de la monarquía en España. Todos queremos que venga la República, pero no al precio de argucias tan chabacanamente viles como esta, en las que los dirigentes del PSOE siempre demuestran poseer una maestría insuperable. Si queremos, podemos reírnos, pero el asunto es serio y va mucho más allá de las envaradas y perplejas protestas de la Casa Real.
Asimismo tomen ejemplo aquellos partidos que por conveniencia o por la fuerza de las circunstancias hubieran de pactar algún día con el Partido Socialista. No lo olviden los PNVs, EAs, IUs, ANVs o Nafarroas Bai, ni caigan en un exceso de autocomplacencia: cuando estén reunidos, esa mirada pícara y risueña de Patxi López bien podría ser la de un negociador poco hábil que se conforma con poco, la de alguien que asume como principio de vida aquello de “dame pan y llámame tonto”. Pero fuera de allí, en las redacciones de los periódicos, subdelegaciones del gobierno, comisarías de policía y cibercafés, el socialista errante anda suelto, con su corrosivo sentido del humor y un know-how inagotable en materia de puñaladas por la espalda, preparando su próxima gatada.

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