Don Ángel Acebes miró el apagón de Barcelona, sacó la brocha más gorda que llevaba en el morral y dictó la sentencia: «La culpa es del Partido Socialista». Así, en bruto, sin otro matiz que la explicación técnica e intelectual: dado que los socialistas gobiernan en Madrid y en Cataluña, unos se tapan a otros. Supongo que si el PP gobernara en uno de los dos sitios, Barcelona no habría sufrido el apagón. Con el PP funcionan mejor las compañías eléctricas.
Empiezo esta crónica con ese testimonio para anotar hasta dónde puede llegar la demagogia y la explotación partidista de una desgracia. Parece que los partidos políticos viven de echarle la culpa de todo lo malo al adversario. Sin embargo, quizá tenga algo de razón el señor Acebes, pero injustamente expresada. Es gran verdad que, mientras la relación del Gobierno central con la Generalitat de Cataluña tiene como eje central el traspaso de nuevas competencias, se produce un deterioro de la vida y el bienestar ciudadano.
Les pongo algunos ejemplos: el gran favor que Zapatero parece haberle hecho a Barcelona es la donación del castillo de Montjuich. Uno de los últimos acuerdos bilaterales es, créanme, que el número de identificación internacional de los libros pasa a ser competencia de la Generalitat. Para eso se han consumido horas de compleja negociación, viajes en el puente aéreo y tensiones de tipo identitario.
Y en medio de esos entretenidos pasatiempos, que conocieron un apasionado debate sobre el Estatuto, el concepto de nación y ahora la Agencia Tributaria, ¿qué percibe el contribuyente? Que se hundió el barrio del Carmel, que los trenes de cercanías sufren averías diarias, que aparecen grietas en las casas del desarrollismo o que Barcelona pierde ritmo en el avance cultural y tecnológico. Se consumen grandes energías en las cuestiones políticas de identidad y control del poder, y se abandonan los intereses más próximos. La Cataluña y la Barcelona de los políticos es hoy mucho más poderosa en lo interno, pero se cae un cable de alta tensión y produce un caos en la ciudad.
Ocurre eso, y da igual que Castells, consejero de Economía, pregone las grandes inversiones. Da igual que recordemos que donde hay luz eléctrica se puede producir un apagón. Lo que importa es que se ha caído un cable; un puñetero cable terminó de soliviantar a una sociedad que se empieza a preguntar para qué quiere el castillo de Montjuich, si el ciudadano no puede coger el ascensor. Y después nos extrañamos de la abstención en las elecciones... Mucha más habrá, si los gobernantes producen la impresión de gobernar para sí mismos. Que tomen nota: puestos a darles una lección política, les hicieron una cacerolada. Es un aviso.

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