El humor, de Manuel Hidalgo en El Mundo
A CONTRAPELO
Don Felipe, doña Letizia y Guillermo, el dibujante de la portada de marras, podrían quedar una noche de éstas para tomar unas copas, reírse juntos e interesarse por sus asuntos. No lo sé, igual estoy equivocado. Guillermo (imagino) no tendría inconveniente. De los Príncipes, siendo prudente, me atrevo a decir lo siguiente: antes preferirían quedar con Guillermo que con el 95% de los solemnes defensores que han tenido en este lance. Y, desde luego, mucho antes quedarían con Guillermo que con la colección de pelotas y tocapelotas que, a favor o en contra, les amargan la vida desde el periodismo tenido por respetable.
Ahora bien, la realidad (y la realeza) es muy compleja. La realidad tiende a ser sabiamente ecológica. Necesitamos de la acción de los contrarios. Necesitamos de la solemnidad y de su caricatura. Del discurso oficial y de su burla, de los editorialistas y de El jueves. Todo el mundo entiende que ha de ponerse un traje para ir a la boda de su hermana y que ha de estar en pantalón corto y chanclas en casa cuando aprieta el calor.
En la esfera pública, lo que sucede desde antiguo (Aristófanes, supongamos) es que el pantalón corto y las chanclas también están a la vista. Es el humor, la sátira, la caricatura. La sátira juega un papel parecido al de los sueños y la blasfemia. Un tubo de escape. No podemos vivir todo el santo día bajo el peso de la ortodoxia y la dignidad: de los dioses. El humor nos libera de lo que nos pesa, aunque lo que nos pesa sea, a la vez, lo que, paradójicamente, tira de nosotros hacia arriba. Está todo calculado. Estas son las reglas, que damos por buenas para convivir, y ésta es la solfa de las reglas que nos permite seguir adelante. Seguir adelante con las reglas. El humor no cambia el mundo, sólo lo regula, que no es poco. Nos quita de encima el peso excesivo de lo más grave, y aligera el peso que sienten quienes están obligados a tomarse en serio todo el rato. Todo, lo de los unos y lo de los otros, sería agotador sin el humor, esa consciente válvula del inconsciente.
El humor no ha tumbado nunca, que se sepa, una dictadura, ni una ideología abrumadora. Al contrario, es la falta de humor lo que a, a la larga, y por sus otras derivaciones e implicaciones, hace caer sistemas e instituciones. El amor libre es más peligroso para el Orden que el humor libre. Quizás algunos han visto los dos fantasmas en la portada.
No podemos secuestrar prensa escrita, y menos en la era de internet. No podemos medir hasta dónde debe llegar la sátira (¿un metro más?, ¿un metro menos?). No podemos hablar a la ligera de lo zafio y lo grosero, desconociendo el papel cultural jugado por el cómic sucio y desconociendo, sobre todo, dónde está de verdad lo zafio y lo grosero: en la televisión y en la realidad injusta. Sobre el verdadero y necesario respeto no terminaríamos de hablar nunca. Proclama un tabú y señalarás (hoy) un objetivo a batir. No tener sentido del humor, no tomarse las cosas con humor: lo peor (solemos decir). ¡Pero todo tiene un límite! Sí, para pasarlo en cuanto tú me lo pintes de rojo. ¡Tiempos!
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