EL VEINTICINCO es día de Galicia, patria de quienes la testimonian y sienten con un vínculo de filiación. En el marco de una ceremonia religiosa, difícil de entender sin apelar a lo que es nuestra historia, hablará una voz en nombre de Galicia. Un acontecimiento ritual y episódico. Lo cotidiano es que exista una pluralidad de voces, como corresponde a una sociedad democrática, que expresen las aspiraciones, inquietudes y reivindicaciones de Galicia. Hacerse oír es una obligación de quienes representan al pueblo gallego, también cuando coinciden con representantes de otros cuadrantes de España.

La desventaja quedó manifiesta, una vez más, en el último debate del estado de la nación. Reduciendo a números: más de una voz por Cataluña y por el País Vasco, una por Galicia, para referirme a las comunidades a las que conscientemente, de lo que me honro, la Constitución da un trato singularizado. Igual tiempo otorgado al diputado del BNG que al de la Chunta aragonesa y menor que al de Coalición Canaria. La circunstancia explica que el PP hablase de Navarra, pero también es relevante que en la Comunidad Foral es UPN el que ostenta la representación.

Un partido político con responsabilidades de gobierno, o que aspira a ellas, puede y debe hablar de todas las partes del Estado. La realidad es que en algunas de ellas, como Galicia, con un diferencial negativo de desarrollo, se hace necesario forzar la atención. En ocasiones es un accidente, como el del Prestige , que golpea la conciencia colectiva. De él emergió el Plan Galicia. Quizá la denominación fuera excesiva, pero su contenido constituía una referencia concreta en objetivos y plazos para exigir su realización, con la financiación correspondiente. Su sustitución por partidas presupuestarias, aunque aumenten su cuantía sobre anualidades anteriores, ha hecho perder ímpetu reivindicador y claridad en las exigencias.

No parece fácil componer un coro que entone aceptablemente el canto de Galicia. La única voz en el Congreso de los Diputados lee la partitura en una clave del BNG, que no puede interpretarla en sintonía, a la vez, con la ERC de la autodeterminación, y con CiU, que integra un partido demócrata cristiano. Aquí los dúos salen, no sin dificultades, en el Gobierno bipartito. Cualquier otro dúo resulta poco verosímil y el trío suena muy raramente y no siempre para asuntos que vayan más allá de resolver intereses de partido. La sinfonía del Estatuto está por estrenar.

Es preciso aumentar las voces. Pero no siempre de la misma cuerda, Sarkozy lo está haciendo para estupefacción de sus desconcertados opositores. Echo en falta, y es posible que la añoranza me traicione, las voces quebradas del Partido Galego Independente y de Coalición Galega. La que podría surgir de la misma realidad autonómica, con sólidas raíces locales. En todo caso, en asuntos como el AVE, las distintas voces de la sociedad y de la política, no siempre muy conjuntadas, deberían confluir en un clamor continuado e imparable.