Más que una caricatura grosera, a Don Juan Carlos le preocupa el renacer del debate en torno al heredero de la Corona

Ha sido la polémica ciudadana suscitada a raíz del secuestro del último número de la revista El jueves, y no la portada de la publicación en sí, con la caricatura de los Príncipes de Asturias en actitud sexual explícita, lo que realmente ha preocupado en la Zarzuela. Una vez más, en la Casa del Rey se vislumbran nubarrones en torno a la sucesión de la Corona y una vez más se manifiesta esa máxima que tanto disgusta al monarca: los españoles son juancarlistas, pero no monárquicos.

Lo que piensa, lo que cree, lo que apoya y lo que rechaza el Rey hay que intuirlo a menudo entre líneas. El interés que expresaban el viernes los altos funcionarios del entorno del monarca por conocer el tono del debate público, después de que la portada de El jueves se hicera internacionalmente famosa, demuestra que las alarmas han vuelto a sonar en la Zarzuela, de la misma manera que lo hicieron cuando el Príncipe de Asturias mantuvo una relación con la modelo noruega Eva Sanum y todo eran dimes y diretes, o ya más recientemente, cuando algunos grupos adquirieron la costumbre de recibir a los Príncipes de Asturias en todos sus actos públicos ondeando banderas republicanas y reclamando el fin de la monarquía.

Esto último preocupó considerablemente al monarca, según reconocían, en conversaciones privadas, personas destacadas de su entorno, porque veía en ello una reacción de la calle, en principio minoritaria, pero insistente, que no se había producido nunca contra él o contra la Reina, y que se cebaba en el heredero de la Corona. La preocupación del Rey se vio además incrementada por el agrio debate en torno a la llamada «memoria histórica» que, en opinión de muchos, amenazaba con reabrir viejas heridas, las mismas que Don Juan Carlos, alentado desde la sombra por su padre, el Conde de Barcelona, siempre intentó cicatrizar.

El Rey, desde hace más de una década tiene el empeño por situar a su hijo al frente del mayor número de responsabilidades posible. De esta manera el Príncipe de Asturias, el primer heredero con estudios universitarios, ha asumido, por ejemplo, la labor de representar a España en múltiples actos en el exterior, especialmente en Iberoamérica; ha viajado y se ha interesado por los problemas de todas las comunidades autónomas; preside en nombre del Jefe del Estado ceremonias castrenses y culturales y lo que es más importante, acude, porque a su padre le parece imprescindible, a todas aquellas ocasiones en las que se reclama la cercanía de la institución con los ciudadanos (el último ejemplo, el funeral por los soldados fallecidos en el Líbano).

El objetivo es que Don Felipe sea visto en su día como «el Rey de todos los españoles» y garantice la continuidad de la monarquía parlamentaria como base del modelo de Estado. La Zarzuela ha dado pasos en este sentido. Uno de ellos, tal y como se comentó en su momento en los círculos políticos y diplomáticos, fue el nombramiento de Alberto Aza, que ejercía como director de la Oficina de Información Diplomática, como jefe de la Casa del Rey.

Aza debía dar un impulso fresco y renovado al vínculo entre la Corona y los españoles con la vista puesta en el futuro, es decir, con la mirada fija en el Príncipe de Asturias y en la sucesión. De esta manera, el diplomático tuvo un objetivo clave: que en el matrimonio de Don Felipe los españoles percibieran claramente el equilibrio entre libertad y responsabilidad.«Yo he sufrido mucho», reconoció una vez Don Juan Carlos echando la mirada atrás hasta aquel día de noviembre de 1948, cuando siendo un niño, subió solo al Lusitania Express camino de España. La vida de su hijo Don Felipe ha sido muy distinta y desde luego ha estado exenta de las pruebas que ha tenido que afrontar su padre y con las que se ganó la confianza de los españoles.

Una vez preguntaron a Felipe González si, tras la muerte de Franco, en España había sentimiento monárquico. Él respondió: «En absoluto». En opinión, del ex presidente del Gobierno «lo que ha subyugado a los españoles no es la institución en abstracto, sino el Rey».

Y Don Juan Carlos sabe que esto es verdad, que la prueba de fuego de la continuidad de la monarquía se librará con la sucesión de su hijo, por eso le preocupa, más que la caricatura grosera, el texto que la acompaña: ese mensaje de que el Príncipe de Asturias no trabaja, que su vida se sitúa a años luz de la del resto de los españoles, que no ha demostrado todavía su valía, que se mueve en un círculo de hijos de envuelto en papel couché, pese al empeño que siempre han tenido los Reyes por evitar la monarquía espectáculo y la vida rodeada de cortesanos.

La Casa del Rey no pidió a la Fiscalía General del Estado que instara al secuestro de la revista El jueves, por más que su portada les causara un profundo malestar. «Como le sucedería a cualquier persona», aseguraba uno de sus portavoces.

Se trataba, por una parte, de mantener un estricto respeto por la independencia de la Justicia, y de otro, evitar alimentar la polémica en la calle en torno a la sucesión de la Corona y la figura del heredero. El problema es que este segundo objetivo no se ha conseguido.

La Zarzuela optó por el «silencio de oficio» y quizá erró. Algunos mantienen que el Príncipe debiera haber acudido en persona a los tribunales en defensa de su imagen, si la consideraba dañada, como habría hecho cualquier español de a pie.

La proximidad a los ciudadanos siempre ha beneficiado a la Corona. A los españoles les complace, aunque parezca poca cosa, saber que a su Rey le gusta el jamón y el vino tino, que fuma a escondidas de la Reina, que cuenta chistes, que sabe reírse a carcajadas, que se salta el protocolo, que a veces acaba harto de las trastadas de los nietos y que, además de todo eso, es el Jefe del Estado y sabe que las monarquías no sobreviven por derecho divino «sino conquistando, día tras día, el derecho a reinar».

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