Por Polanco les conoceréis. Quiero decir que la muerte del magnate ha servido para definir las líneas de fuerza que agitan las relaciones de poder. Es una forma de expresar las tensiones suscitadas en torno a un personaje tan querido y tan odiado al mismo tiempo. Naturalmente, depende de donde nos coloquemos cada uno de nosotros.

Ningún medio de comunicación español ha dejado de editorializar sobre la muerte de don Jesús de Polanco (Madrid, 1929). De esa forma hemos podido conocer, o confirmar en la mayoría de los casos, la posición ideológica de la Prensa. Plural, por supuesto. Y pocos acontecimientos informativos podrán competir con la muerte del presidente del grupo Prisa como termómetro del aquí y ahora en la política nacional. Incluyamos en la expresión de los pareceres el autorretrato de los protagonistas que influyen o aspiran a influir en la vida nacional desde el estamento periodístico. Empezando por ese punto de soberbia en quien ayer tomaba la renuncia a leer El País como indicio inequívoco de renuncia a seguir viviendo (Juan Luis dixit). Tremendo. Y terminando por el contrapeso que sus adversarios le cuelgan junto al consabido memorial de méritos.

Dos contrapesos, en realidad. El primero, la alteración de las reglas del juego en beneficio del grupo Prisa. Y el segundo, que una concepción utilitaria del negocio informativo le hizo olvidar la función social de la Prensa como instrumento al servicio de los ciudadanos. Sin embargo, los mismos que le endosan esas acusaciones, o que las reiteran a título póstumo, también le reconocen de forma unánime su valía empresarial y un eficiente protagonismo en la recuperación de las libertades a la muerte de Franco.

Personalmente creo que en este último aspecto de su biografía, el de su compromiso democrático orientado luego hacia opciones de centro-izquierda, es el que mejor define a Jesús de Polanco. Y ese posicionamiento ha sido el aglutinante de fondo de sus enemigos empresariales y políticos. Buena y reciente prueba de ello, la tuvimos en sus demoledoras declaraciones en las que acusó al PP de alentar la guerra civil desde posiciones identificadas con el franquismo puro y duro.

Dicho todo eso, es evidente que los distintos formatos empresariales que fue adquiriendo su compromiso democrático con la sociedad española le convirtieron en un verdadero poder fáctico, en abierta concurrencia con otros, como el político, el financiero, el eclesiástico o en su día el militar. Unas veces, en colisión; otras, en convergencia. Pero el imperio mediático de Polanco nunca dejó de jugar en esos tableros. Algo que suscitaba la envidia de otros personajes que, moviéndose también en ámbitos mediáticos, nunca lograron sentarse a la mesa de esa media docena de protagonistas del poder fáctico. O sea, el real y verdadero poder que tuvo Polanco. Descanse en paz, don Jesús.