Jesús de Polanco: Amigo de todos nosotros y baluarte de la libertad, de José Félix Azurmendi en IzaroNews
José Félix Azurmendi en su blog Vasco made in Caracas
A mí, por lo poco que sé, Martín Patino, el cura, me cae bien. Hubo un tiempo en que se ofrecía como mediador para resolver el problema vasco –ya saben cómo entiende Madrid, incluso los benevolentes, el problema, vasco- y hubo un par de ocasiones en las que nos cruzamos saludos. Fue el elegido ayer para hacer el elogio último a Jesús de Polanco y lo hizo diciendo que "Fue amigo de todos nosotros. Un líder de las libertades", en transcripción y puntuación de El País.
Si empiezas diciendo que fue amigo de todos nosotros, lo que sigue queda automáticamente matizado por esa amistad de familia que queda al descubierto. Cualquiera que tenga mi edad y mi profesión ha tenido necesariamente opinión por el diario El País y por quien aparecía como su dueño y señor. No me cuesta nada decir que El País es el periódico menos malo de Madrid hoy y fue el mejor de Madrid durante unos cuantos años. Cuento con que el matiz se entienda. En la medida en que fuera esto mérito de Polanco, no me cuesta nada reconocérselo. Me cuesta mucho más reconocer que fuera un baluarte de la libertad, como titula su periódico hoy, y "un líder de las libertades", como dijo ayer el jesuita Martín Patino.
Hace unos días vi una entrevista de su segunda ex esposa en la 2 de TV, una entrevista con una mujer que había heredado de su padre, Barreiros, además de mucho dinero, una gran seguridad en sí misma. La verdad es que teniendo tanto dinero y no siendo rematadamente tonto, esa seguridad sale fácil y se acepta más fácilmente todavía. Hablando de gentes hechas a sí mismas, como su papá, reconoció también esa misma cualidad en su ex esposo Jesús Polanco, lo que me hizo pensar que debía ser verdad que estaba muy mal de salud o algo peor acerca de ella y de la permanencia de los odios que se atribuyen a ciertas mujeres y a muchos curas.
Una vez, en 1982, en un marco toledano propiciado por el IPI, Jesús se me sentó al lado, y no era una iglesia y no era un milagro. Se me sentó al lado Jesús Polanco porque era, me dijo como explicación de su interés, el único al que no conocía de aquella reunión en la que abundaban gentes importantes. Bandrés, que estaba cerca, le ofreció su silla de al lado, pero a Juan Mari ya le tenía en su lista de conocidos. Me pareció muy llano, como todos los que tienen poder verdadero y (re)conocido, y me quedé bastante halagado, todo sea dicho, que uno no podía ser inmune ante el dueño (¿era ya el dueño que luego fue en 1982?) de aquel diario que Le Monde acababa de bautizar como el producto más bello de la (joven) democracia española. A la gente de mi generación y biografía, Le Monde nos merecía (todavía) mucho respeto.
Y dicho que también yo tuve mi ratito de gloria, diré, contaré una anécdota que abona mi respeto decreciente por la línea editorial de este periódico. Recuerdo tres anécdotas de Ernest Lluch en la última ocasión en que le vi, aquí, cerca de donde escribo este post, con ocasión de una entrevista que le hizo Bikuña. Una, relacionada con El País y sus editores Ceberio, Unzueta y Pradera, los tres vascos, los tres reunidos con el mismo Lluch, con Carrillo y con Herrero de Miñón para explicarles que estaban equivocados en su interpretación de cómo acabar con "el problema vasco". Lluch, que era un pícaro, se sonrió con cara de pícaro y me dijo que los vascos parecían ellos y no el trío de Prisa.
No necesito extenderme para que ustedes entiendan por qué mi admiración por este producto maravilloso de la democracia española ha venido siendo decreciente y por qué algunos elogios póstumos a Polanco me pueden parecer desmedidos, salvo desde la óptica de la amistad y la explicación de compartir familia, que eso sí consiguió Prisa y sus productos, al menos en y con sus ejecutivos. La imagen de Felipe González, conmocionado o emocionado, algo fácil a partir de los sesenta cuando alguien se muere, cuando te das cuenta de que tienes más conocidos muertos que vivos, con su mano encima del ataúd, presidiendo el duelo, tampoco colabora a olvidar algunos pasajes de la vida de este periódico, nada cónsonos con el título de "baluarte de la libertad". En todo caso, y para todos y para siempre, paz y descanso a los muertos.
