El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ha hecho bandera de la lucha contra el cambio climático, que se plasmó el viernes pasado en las 198 medidas, 80 de ellas inmediatas, que aprobó el Consejo de Ministros. Aparte de la polémica subida del impuesto de matriculación para los coches grandes, el Ejecutivo quiere impulsar los biocombustibles, para alcanzar el objetivo de la UE de que supongan el 10% del consumo energético en 2020. Pero no es oro todo lo que reluce.
Los biocombustibles o biocarburantes son aquellos que provienen de materias primas agrícolas –maíz, soja, colza, remolacha, trigo o caña de azúcar- que pueden combinarse con la gasolina o el gasoil con el fin de reducir las emisiones contaminantes de CO2 de los derivados del petróleo (de hecho, las plantas con las que se elaboran absorben ese gas de la atmósfera). Además, tienen la virtud de reducir la dependencia del país de un crudo en zona de máximos históricos. De ahí que la industria que los produce se haya convertido en el sector de moda en bolsa, y que empresas de todo pelaje –Abengoa, petroleras, Ebro Puleva- se hayan apuntado al boom.
El problema es que estos carburantes ni son tan limpios como parece ni su impacto es tan notable como se dice, a parte de tener efectos colaterales indeseables. Y además, es bastante cuestionable la fórmula elegida tanto por el Gobierno español como por la Comisión Europea para fomentar su consumo.
Todos estos problemas se ponen de manifiesto en un estudio elaborado por la Asociación de Operadores de Productos Petrolíferos (AOP). Vaya por delante que son parte interesada en esta historia y, por ello, su informe está inevitablemente sesgado. Pero está hecho de forma rigurosa, se basa en fuentes imparciales y sus conclusiones tienen, cuanto menos, la virtud de mover a la reflexión.
No son tan limpios porque, aunque reducen la emisión de gases, tampoco la eliminan al cien por ciento: la producción agrícola también consume energía fósil en el riego, los fertilizantes (que emiten un gas mucho más contaminante que el CO2), la cosecha, el transporte, la transformación en biocombustibles y su distribución (algunos productos requieren un sistema logístico muy complejo). Y no se trata sólo de la gasolina: la remolacha, por ejemplo, consume muchísima agua.
Techo a la incorporación de biocarburantes
Luego, hay serios problemas para mezclarlos con los hidrocarburos a partir de ciertos porcentajes, porque no proporcionan el poder energético suficiente. Es decir, la proporción de estos productos en la mezcla de combustible tiene un techo (y es distinto en cada marca de coches), que no se puede superar, porque unas averías generalizadas en los motores pueden matar directamente a los biocarburantes.
La AOP duda seriamente de que se puedan cumplir los objetivos de las distintas Administraciones: la norma europea limita la incorporación de biocomponentes al 5% del volumen, lo cual no es suficiente para cumplir el objetivo español del 5,83% de contenido energético. Por eso, Dominique de Riberolles, presidente de esta asociación, está convencido de que estos límites se cambiarán.
Escalada de precios de los cereales
En el caso español, tenemos el problema añadido de nuestra particular afición por el diésel, que supone ya el 70% de las matriculaciones. Lo cual significa que el etanol, el gran biocarburante en EEUU y los países nórdicos, no tiene demasiado sentido en España, que además exporta gasolina porque no hay consumo suficiente. “No es racional importar cereales para hacer etanol y exportar gasolina, que no se puede transformar en gasóleo”, opina Riberolles. Aquí, la única solución para reducir la dependencia del petróleo es el biodiésel, que además es más eficiente y reduce las emisiones más que el etanol. Pero este producto es deficitario porque se hace con colza, mientras que el etanol se hace con trigo y remolacha españoles.
Otro daño colateral es la subida estratosférica del precio de los productos agrícolas, de la que hemos dado cuenta en varias ocasiones en El Confidencial . Por ejemplo, la soja se ha disparado el 62% en dos años, el maíz el 45%, la colza el 37% y el primer puesto es para el aceite de palma, con un 95%. Esta subida pone en duda el propio futuro de los biocombustibles, puesto que hace muy difícil que esta industria sea rentable. Además, estamos hablando de productos alimenticios con un elevado impacto en el IPC y en los presupuestos familiares.

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