LA DESAPARICIÓN DE UN LÍDER DEL MUNDO DE LA COMUNICACIÓN
Conocí a Jesús de Polanco hace casi veinticinco años, cuando reunió a quienes integrábamos la redacción catalana de El País en un almuerzo en el restaurante Agut de Avinyó, situado en un callejón junto a la calle que inspiró a Picasso uno de sus mejores cuadros. Entre los veintitantos periodistas que capitaneaba Antonio Franco estaban José Antich, entonces redactor de Política y hoy director de La Vanguardia; Rafael Nadal, que era el subjefe de la sección de Barcelona y Sociedad que me tocó a mí dirigir y que en la actualidad ocupa la dirección de El Periódico, o Xavier Vidal Folch, que estaba al frente del área de Economía y que es el director de El País en Catalunya. Así que habrá que reconocer que no éramos una mala generación de informadores. Por aquellos días, Polanco era ya el máximo accionista del diario y algunos empezaban a utilizar el epíteto de Jesús del Gran Poder para referirse a él. A la hora de los postres, lejos de querer hacer un adornado parlamento se limitó a decir más o menos lo mismo que les dijo Cruyff a sus futbolistas antes de la final de Wembley, donde consiguieron la primera Copa de Europa. No soltó exactamente aquello de "salid y divertíos", que explicó Bakero, pero sus palabras fueron similares. Polanco nos animó a ejercer el periodismo, desde el rigor y la independencia, pero también con entusiasmo, que aseguraba era algo que él había puesto como valor añadido en todas las iniciativas que había emprendido a lo largo de su trayectoria.
Como ejecutivo del Grupo Godó he tenido más ocasiones de tratar a Polanco, siendo como es Javier Godó vicepresidente de Unión Radio. Por cierto, sentía especial debilidad por el editor de La Vanguardia, desde el día en que le ayudó a recuperar el control de Antena 3 Radio, después del intento de apropiación de ésta por parte de un grupo de colaboradores de la cadena, entre quienes figuraban algunos ilustres periodistas que años más tarde animarían al magistrado Gómez de Liaño a emprender una cruzada contra Prisa y, en particular, contra Jesús de Polanco y Juan Luis Cebrián. Un día, con ocasión del 75º aniversario de Radio Barcelona, tras la entrega de los premios Ondas, Javier Godó y Jesús de Polanco rememoraron los días del golpe de mano en Antena 3 y entendí que de aquel envite naciera una gran amistad y una sólida colaboración empresarial. La jornada de los premios Ondas solía ser una buena ocasión para tratarlo; le encantaba especialmente tomar la palabra en el almuerzo del día de la entrega, rodeado de artistas. Es más, presumía de cantar y bailar aceptablemente. Solía elogiar Barcelona, ciudad por la que sentía una gran querencia, y en la que se encontraba a gusto por la atmósfera bonancible, pero sobre todo por lo moderado del clima político. No solía faltar a la cita, pero el último año se disculpó, lo que preocupó a más de uno que conocía que el empresario luchaba contra una dolencia que intentó sobrellevar con su espíritu indomable.
En alguna ocasión se ha escrito que era el Ciudadano Kane, pero lo cierto es que resultaba más parecido a Orson Welles, que fue el actor que dio vida al personaje en el cine. De hecho, no se dedicó a poner el periodismo a su servicio, sino que respetó siempre el trabajo de los profesionales que desempeñaban el oficio en sus medios y fue implacable con quienes no entendieron que la honradez es la esencia del periodismo y la búsqueda de la verdad, su razón de ser. Tampoco se dejó intimidar por el poder político cuando éste le fue hostil, particularmente durante buena parte del mandato del PP, e intentó que su cercanía ideológica con el PSOE no hipotecara su imperio. En cambio, fue como Welles un individuo tremendamente vital, irónico y socarrón, que puso la pasión en todas las cosas que emprendía. Ignoro si hubo un rosebud, un último recuerdo en su vida, como en el filme que dirigió e interpretó Welles sobre el magnate de la prensa. Si en Kane la diapositiva mental fue un viejo trineo, quizás en el caso de Polanco resultó ser un cuaderno de notas, aquel que le acompañó a lo largo de su vida, y que mostró a sus amigos al cumplir setenta años. Más que una hoja de ruta, era una colección de notas a pie de página; más que un testamento vital, era el agradecimiento a la vida.

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