A FONDO

Cuentan que, en una ocasión, Juan Antonio Samaranch le comentó a Josep Piqué: «Es usted un producto muy bueno con una marca pésima». Naturalmente, el ex presidente del Comité Olímpico Internacional se refería al PP.El hasta hace 72 horas líder de los populares en Cataluña ha vivido desde el 14-M con ese complejo. Piqué ha tratado durante los últimos años de convertir al PP catalán en un partido homologable a CiU. Es decir, un partido catalanista, no nacionalista, pero que no provocara el rechazo de una parte importante de la sociedad catalana, que considera, hoy por hoy, a dicho partido como el bastión del más rancio españolismo.

Pero, obviamente, su intento ha devenido en fracaso. El PP de Cataluña no ha sabido rentabilizar ni el desgaste del primer Gobierno del tripartito, coronado con la salida por la puerta de atrás de Maragall, ni el varapalo que sufrió el Estatuto, que ni siquiera fue votado por la mitad de los electores.

Desde las elecciones generales del 2000, en las que logró superar el 20% de los votos, el PP en Cataluña no ha hecho más que perder respaldo electoral. ¿Tiene la culpa de ello Piqué?Analicemos algunas de las causas que han llevado al PP catalán a ser un partido casi irrelevante.1º El distanciamiento de CiU. Tras haber colaborado durante la primera legislatura con Aznar, el partido de Pujol vio que el PP, en efecto, comenzaba a ser un peligro real en Cataluña, ya que le podía robar una parte de su electorado menos nacionalista. Tras perder el Gobierno en las elecciones de 2003, CiU decidió distanciarse radicalmente del PP. Al convertir al PP en el enemigo a batir, la coalición, ya liderada por Artur Mas, compitió con el Gobierno tripartito en la escalada de descalificaciones, convirtiéndolo virtualmente en un partido anticatalán.2º La Guerra de Irak cohesionó a la izquierda y al nacionalismo radical contra Aznar. El Pacto del Tinell, la base programática del tripartito, marcó una línea roja entre los partidos políticamente correctos y el gran Satán, que era el PP. A los populares se les situó en la otra orilla, como si fueran un partido xenófobo o fascista. Algo sin precedentes en la democracia española.3º La mayoría de los medios catalanes (incluyendo periódicos conservadores como La Vanguardia) colaboró gustosa en la creación de ese cordón sanitario en torno al PP, que pasó a ser el partido apestado.4º Para los partidos políticamente correctos y sus medios afines, los hombres que en el PP representaban la Guerra de Irak, las mentiras del 11-M, la sumisión a George W. Bush, en anticatalanismo y todos los males de la tierra, eran Angel Acebes y Eduardo Zaplana. Justo los hombres con los que Piqué se ha enfrentado.

No debe ser cómodo para un rutilante ejecutivo, para un político brillante, acostumbrado a codearse en el elitista distrito de Pedralbes con los miembros de las familias catalanas que han gobernado durante decenios la administración y las empresas, apellidos que trascienden a las circunstancias del momento, verse acusado de pertenecer al partido de los casposos españolistas.

A Piqué, que puede derrotar al contrincante más rocoso en un debate parlamentario, le cansa la aburrida labor de hacer partido. Viajar de pueblo en pueblo, besar a algún niño, o preguntarle a un anciano cómo vive con su escasa pensión. A un hombre como él, que ha sido ministro de Exteriores, eso no le pone.

El Partido Popular, en Cataluña, es casi una caricatura. Algo incomprensible. Sobre todo, teniendo en cuenta que el PP es la formación con más militantes de España. Y, por desgracia, a uno no le votan sólo por lo guapo o lo listo que es. Si no hay organización, militantes, etcétera, al final, no hay votantes.

En fin, que Josep Piqué quería dejar la dura vida como jefe de un partido mal visto para venirse a Madrid y hacer lo que mejor sabe hacer. Se lo dijo a Mariano Rajoy y éste aceptó. Ya le había prometido que sería cabeza de lista del PP en Barcelona en las próximas elecciones generales. Es decir, que le quedaban a penas ocho meses como líder del PP catalán.

Estando las cosas como estaban, la dirección del PP acordó hace un par de semanas con Piqué una reorganización del partido con el fin de reforzar la organización de cara a los comicios de marzo. Si el PP no mejora sus resultados en Cataluña, difícilmente ganará al PSOE. Y la reorganización se hizo de forma consensuada. Es más, confiesa un dirigente popular amigo de Piqué: «Si Josep le hubiera pedido a Rajoy algún cambio en el equipo que se pactó, por ejemplo incorporar a Vendrell, éste lo hubiera aceptado».

Los titulares de los periódicos del pasado jueves parecen haber sido la causa de la dimisión irrevocable de Piqué, quien acusa a la dirección del partido de haber minado su autoridad al no haber desmentido la interpretación periodística de los cambios en la cúpula del PP catalán. Puede ser la gota que haya colmado un vaso demasiado lleno.

Sin embargo, su desplante, a ocho meses de las generales, ha causado un daño enorme al PP y a Rajoy, un hombre que siempre le defendió, que apostó por él y que le mantuvo en el selecto club de maitines.¿Por qué? Sencillamente porque la interpretación de su salida daña el activo más valioso de Rajoy: su credibilidad como hombre de centro. No es una especulación. Es un hecho. El viernes, el editorial de El País afirmaba: «Génova se ha deshecho, así, de quien consideraba un lastre en su estrategia de confrontación radical». El problema es que, al igual que la incorporación de Piqué al PP tuvo un efecto positivo por el mensaje de acercamiento que se enviaba a la sociedad catalana, ahora su salida puede reforzar la imagen contraria, amplificada convenientemente por los medios amigos del Gobierno.

Piqué debería haber medido los efectos de su decisión para el PP y para Rajoy en este preciso momento, cuando nos encontramos en la recta final de cara a las elecciones.

El líder del Partido Popular tendrá que demostrar con hechos, y posiblemente con personas, que su apuesta no es la confrontación, sino una política moderada que recupere los consensos rotos precisamente por el presidente del Gobierno, señor Rodríguez Zapatero. Realmente, el líder del PP no lo tiene fácil, pero llegar a la presidencia del Gobierno no ha sido nunca un camino de rosas.

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