Hablemos de cultura popular. Y de Woody Allen. ¿Cómo? ¿Cansados de Allen? Un poco de paciencia que la cosa no va de su película en Barcelona; va de videojuegos, de series de televisión y todo eso que, en buena medida, define, ya digo, la cultura popular de ahora mismo, esa que algunos con demasiada alegría tachan en general de "cultura basura".

El otro día reponían en televisión "El dormilón" de Woody Allen, esa alegoría sobre el futuro que, en realidad, y como buena parte de las películas que el director neoyorquino realizó antes de "Annie Hall", es una crítica del presente entre irónica y amable. Después de "Annie Hall", y durante toda su larga crisis de la mediana edad –en ocasiones parece que aún le dura- , Allen se olvidó de todo lo que no fuera él mismo, y se concentró en sus traumas, en sus neurosis y en sus sinsabores como ser humano, evidentemente lo más próximo que tenía a mano. Y lo más divertido también, junto con sus dos órganos preferidos, el segundo de los cuales en orden de prelación es, ya se sabe, el cerebro…

Bueno, pero volvamos a "El dormilón". Entre las ideas felices de aquel devaluado filme -¿recuerdan el orgasmatrón?- había una escena en la que unos científicos del siglo XXVI, si no recuerdo mal el siglo, se felicitaban de lo nutritiva que puede resultar la comida basura, las hamburguesas, las patatas fritas, el Ketchup… Una calidad dietética demostrada, aseguraban los científicos del filme, en su avanzado siglo, a pesar de todos los reparos que a ese tipo de comidas ponían los tiquismiquis del siglo XX.

Esa misma idea la recoge Steven Johnson en su polémico libro "Everything bad is goog for you" (Todo lo malo es bueno para ti), editado en Gran Bretaña por Penguin, y pendiente de edición en España, un libro en el que su autor defiende el valor culturalmente nutritivo de la denostada televisión y de los videojuegos; de la buena televisión y de los buenos videojuegos, claro.

Su tesis es sencilla: frente a la idea generalizada de que la cultura popular de nuestros días es "cada vez más una mayor y más sofisticada distribución de estupidez", según apunta en el mismo libro, el periodista George Hill, él, Steven Johnson, considera que la cultura popular nos está haciendo de manera imperceptible pero tenaz un poco más inteligentes cada día. Y a esa feliz tendencia, demostrada por los tests de inteligencia, él la denomina "la curva del dormilón", en homenaje a la película de Allen.

¿Sus argumentos? Sencillos. Comparen, pide Johnson, cualquier capítulo de, por ejemplo, "Los Soprano" o "Héroes" con otro de "Colombo" o de "Bonanza". No hay color ¿Eh? La cosa es mucho más sugerente, complicada y rica en la –buena- oferta televisiva de ahora mismo que en la de hace unos diez o veinte años. Es un ejercicio que estos días se puede hacer con facilidad, pues la Primera de Televisión Española está volviendo a reponer esas viejas series en un espacio llamado, en un exceso de imaginación, "En serie". O comparen, ya puestos en el terreno de los videojuegos, los primeros marcianitos o el primitivo Tetris con videojuegos tan espectaculares como cualquiera de la Serie Zelda, Coloso, o cualquiera de esos otros videojuegos en los que se machaca al enemigo sin piedad (aunque con gran sofisticación informática).

¿Son más violentos esos juegos que los de antes? ¿Son más violentas las series de televisión ahora que las de antes? Quizá, pero ese asunto, el de la violencia de la cultura popular, lo trataremos en otra ocasión, al igual que la película barcelonesa de Woody Allen.