Que nadie se empeñe en vislumbrar algo parecido a una crisis en el PP por este desagradable incidente de la dimisión de Piqué. Crisis es una palabra que no figura en el diccionario de esta gran familia, cuyo escudo nobiliario es una piña sobre campo de hormigón, lo que da idea de la solidez de esta derecha nuestra donde jamás hay grietas y mucho menos disensiones, donde todo el mundo piensa igual y comparte el mismo proyecto de partido, de España y hasta de piso piloto.

Lo de Piqué -ya lo explicará Acebes, que tiene el don de la palabra- es una prueba más de la inquebrantable unidad de los populares, porque si el de Vilanova i la Geltrú se aparta voluntariamente no es para expresar rechazo sino para facilitar el consenso, hermosa palabra heredada de esa transición donde el PP hunde sus raíces más profundas y nobles. Estamos en consecuencia ante un acto de amor a los ideales que los adversarios malinterpretan por malicia o por simple desconocimiento de lo que es una renuncia generosa y constructiva.

Lo hemos visto en otras ocasiones. ¡Cuántas mentiras se han vertido! Se dijo primero que fue un dedo de Aznar quien decidió que el sucesor fuera gallego, como si hubiera mayor canto a la democracia que el líder, con su enorme sabiduría, interprete, no ya la voluntad popular, sino lo más adecuado a sus intereses, que son los de todos. ¿Acaso en los testamentos se decide por mayoría quién será el heredero?

Claro que no quedó ahí la cosa. Se mintió más. Se añadió que Rodrigo Rato no fue entonces el elegido porque la esposa del líder, mujer de rectas costumbres, no podía admitir que el vicepresidente relajara su moral al punto de disolver su matrimonio y descubrir de nuevo el amor en otros brazos. ¡Otra patraña! ¿Acaso no convivían armónicamente en el mejor Gobierno que ha tenido España desde los Reyes Católicos dos legionarios de Cristo como Acebes y José María Michavila y un miembro del Opus como Federico Trillo con ese hombre apasionado que era y sigue siendo Francisco Álvarez Cascos?

Los embustes continuaron. Que si Aznar seguía mandando, que si jamás se había visto tanta pleitesía como la que Rajoy le rendía, que si Acebes y Zaplana representaban a la extrema derecha y le tenían prisionero, que se había perdido el norte además del centro, que existía, incluso, quien no deseaba otra cosa que mover la silla al presidente, tal era el caso de Ruiz Gallardón y Esperanza Aguirre, cuya fidelidad, por cierto, no conoce límites humanos, y así un largo etcétera de patrañas. Para la última han vuelto a utilizar a Rato, que si se fue al FMI fue a mayor gloria de España, y del que ahora dicen, no sólo que vuelve para ver cómo Rajoy se despeña, sino que en el PP se rezaba para que no demorara su regreso un minuto más.

Como una más de las tantas insidias hay que interpretar el episodio de Piqué, un hombre que después de militar en la izquierda en su juventud, en el nacionalismo después y en la nómina de Javier de la Rosa más tarde, abrazó de la mano de Aznar la fe verdadera. Piqué ha sido siempre un ejemplo, y no sólo de cómo hacer la declaración de la renta y pagar menos alquilándose a sí mismo su propia vivienda.

Los propaladores de infundios no dudaron en oponer a Piqué –del que alababan su centrismo y al que ponían como ejemplo de modernidad- a esos dos puntales del PP como son Acebes y Zaplana, contra quienes desataron una feroz campaña de improperios por su firmeza en la defensa de los ideales más sagrados del partido, como son la unidad de España, la familia y la libertad, y otros también sagrados aunque más coyunturales que pueden resumirse en dos: lo del 11-M no está claro y Zapatero se ha rendido ante ETA.

Como sabe todo el mundo de buena fe, nunca hubo compañeros de partido tan bien avenidos como los tres anteriormente citados, que si no se dirigieron la palabra durante largas temporadas fue, sin duda, porque sus altas obligaciones les distrajeron. Como se ha explicado, Piqué no se va porque esté harto de tragarse sapos con el Estatut o porque le pareciera estúpido plantear un referéndum en toda España sobre el mismo o recurrirlo al Constitucional. No se va porque esté cansado de esa pertinaz y familiar mosca en la que se ha convertido su antecesor, Alejo Vidal-Quadras, que siempre le ha insultado de manera muy graciosa. No deja el cargo porque la reforma electoral que ha propuesto Rajoy le permitiría entrar al Gobierno de la Generalitat cuando las ranas críen pelo; ni siquiera porque Acebes le nombre a traición a los coordinadores de su campaña. Piqué se va porque comparte el mismo proyecto y no quiere ser un obstáculo para sí mismo. Que quede claro.