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21 Julio 2007

De cómo una revolución salvó al Imperio Británico, de Michael Rose en El Mundo

TRIBUNA LIBRE

Se dice que, cuando el Ejército de Lord Cornwallis abandonó, derrotado pero altivo, la ciudad de Yorktown (Virginia, EEUU) en octubre de 1781, su banda de música interpretó una marcha titulada The World Turned Upside Down [El mundo ha dado un vuelco]. Parecía apropiada: el gobernador colonial Cornwallis, el rey Jorge III y sus ministros estaban convencidos de que la derrota de los soldados británicos y su retirada de las 13 colonias tendrían como resultado no sólo la anarquía en América, sino el hundimiento de todo el Imperio Británico.

Se daba por seguro que Francia, España y otros rivales se apoderarían de las restantes colonias americanas, las Indias Occidentales, el Mediterráneo y la India. Peor aún, tenían el convencimiento de que los irlandees, animados por el éxito de los rebeldes americanos, se sublevarían. Al final, Inglaterra quedaría reducida a no más que una isla de escasa importancia en el extremo noroccidental de Europa.

Por supuesto, la valoración estratégica que Jorge III hizo de los resultados de la derrota de Yorktown, como de casi todo lo demás de lo que fue responsable durante la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, estaba completamente equivocada. Gracias a su aceptación de una derrota en lo que en aquellos tiempos era una parte relativamente poco importante del mundo, Londres fue capaz de centrarse en lo que verdaderamente importaba: seguir consolidando su influencia y su imperio de un extremo al otro del globo.

Si los liberales en la oposición, comandados por Lord Rockingham, no hubieran tenido ni el coraje moral ni la visión de aceptar una derrota a manos de los colonos americanos y no hubieran sido capaces de convencer al monarca y a sus ministros de asumir esa misma postura, lo más probable hubría sido que Gran Bretaña hubiera perdido su posición en el mundo y, en la actualidad, la población de la democracia más grande del mundo, la India hablaría francés o portugués. Al poner fin a aquella guerra innecesaria en América del Norte, Gran Bretaña estuvo en condiciones de reconstruir rápidamente su Ejército y su Marina, de enfrentarse luego a Napoleón y derrotarlo, y de convertirse sin discusión posible en una potencia mundial de primer orden.

Pocos lo vieron así en 1781. Durante los años crueles de la guerra, Jorge III había seguido una estrategia completamente errónea y no se había preocupado de asignar los recursos adecuados a la misión encomendada. Nunca entendió el carácter o la naturaleza de los americanos y menospreció hasta el absurdo la determinación de los colonos de liberarse del yugo de la dominación británica. La Guerra de la Independencia no tuvo que ver sólo con impuestos sin representación. Tuvo que ver con la libertad de los americanos para desarrollar su sociedad de la forma en que ellos querían.

Los norteamericanos hablaban todavía el mismo lenguaje y profesaban idéntico respeto a Dios que los ingleses, pero ya no pensaban de la misma manera. Querían adoptar la libertad de comercio y expandir su dominio hacia el oeste. El sector más radical de Nueva Inglaterra, encabezado por hombres como Samuel Adams y James Otis, ya estaba harto de reyes y obispos, de corruptelas del sistema legal, de tribunales del vicealmirantazgo y de levas de la marina británica. Fue una suerte para el mundo que triunfara aquella revolución porque, bajo la dominación británica, los Estados Unidos de América nunca habrían llegado a ser ese gran país que, en último término, han llegado a ser.

Jorge III no era consciente del cambio de mentalidad de las colonias y, con una mezcla de orgullo desmesurado, por una parte, y por otra, de la absoluta convicción en que como cabeza visible de la potencia militar más poderosa del mundo no podía tolerar ni el más mínimo desafío a su autoridad, tomó en 1775 la firme resolución de enseñar una dura lección a los radicales de América del Norte: «Que se decida a palos».

Desgraciadamente para el Reino Unido, intentó librar una guerra convencional con los rebeldes y no envió suficientes soldados al otro lado del Atlántico para llevar a cabo esta misión. Aunque al principio se apoderaron de Nueva York y Filadelfia, los británicos fracasaron, posteriormente, a la hora de modular una estrategia adecuada de medidas contra la insurrección frente a la guerra de posiciones que George Washington adoptó tras su derrota en Germantown (Pensilvania, EEUU) en octubre de 1777.

En lugar de esforzarse en aislar a los rebeldes y ganarse el apoyo de los leales a la Corona y de los colonos no comprometidos con la sublevación, los británicos emplearon una parte considerable de su tiempo en defender sus bases y mantener sus líneas de abastecimiento, y sólo de vez en cuando se arriesgaban a realizar expediciones de castigo lejos de sus posiciones. Nunca consiguieron que la zona central de la resistencia rebelde en Nueva Inglaterra quedara aislada mediante la toma de control del valle del río Hudson. Tampoco el Ejército británico, el mejor del mundo, fue capaz siquiera de garantizar una seguridad suficiente en las zonas rurales ni de contrarrestar la propaganda rebelde. Enseguida empezó a ser considerado una fuerza de ocupación extranjera.

Por último, los británicos tampoco fueron capaces jamás de cortar el flujo constante de armas, munición, instructores y combatientes que entraba en las colonias desde el extranjero. Fue así como Washington, cuyo Ejército Continental [así llamado por contraposición al británico, al que se referían como el isleño] había quedado reducido a muy pocos miles de soldados propiamente dichos, consiguió sobrevivir al crudo invierno de 1777 a 1778 en Valley Forge y recuperar su potencial militar. Cuando los británicos rectificaron y concentraron sus principales esfuerzos en las colonias sureñas, Nathanael Greene -probablemente el cabecilla rebelde de mayor éxito en la historia militar hasta Mao Zedong-, aprovechó la oportunidad para desgastar al Ejército de Cornwallis en las Carolinas hasta tal punto que Washington, con el concurso de refuerzos franceses, logró derrotar a los británicos en una batalla convencional en Yorktown.

A decir verdad, aquella fue la peor guerra, en el peor sitio, en el peor momento. ¿Cómo fue posible entonces que Gran Bretaña se recuperara? La guerra es la madre de las ilusiones, así que la primera medida al acabar una contienda ha de ser la de destrozar por completo esas ilusiones. Hace falta valor para aceptar la derrota y visión para vislumbrar que puede salir algo bueno de lo que aparentemente es un desastre.

Se cuenta que, al comunicarle las noticias de la derrota de Yorktown, Lord North, el primer ministro entonces y artífice de la guerra, levantó los brazos al cielo y exclamó: «¡Dios mío! ¡Todo ha terminado!». En realidad, para Gran Bretaña aquello no fue más que el principio. La nación se encontraba en los albores de la revolución industrial; algunos políticos que empezaban a destacar, como William Pitt (el Joven) eran capaces de ver más allá del final de la contienda y de hacer planes para una rápida recuperación política y económica del reino.

No era tarea fácil. Gran Bretaña estaba al borde de la bancarrota cuando se firmó oficialmente la paz con América. Pitt se dio cuenta, sin embargo, de que, gracias a la industrialización, su nación iba a experimentar un crecimiento económico sin precedentes. Ascendió a primer ministro en 1783 y lo primero que hizo fue crear las condiciones económicas necesarias para que el país se transformara en el gran taller fabril del mundo. Fue también Pitt quien hizo aprobar la India Bill [Ley de la India] en 1784, con lo que se aseguraba que el modelo de administración deficiente que había agriado las relaciones con las colonias americanas no se repitiera en otros territorios británicos, y creó, asimismo, el puesto de gobernador general de la India, en el que Cornwallis se redimió sobradamente de su desventura de Yorktown.

Lo más importante de todo es que Pitt inició la reconstrucción de la Marina y el Ejército británicos porque tuvo capacidad para ver que, una vez más, se cernía amenazadora una guerra con Francia. Encabezaba con frecuencia visitas a los astilleros para asegurarse de que los barcos se construían dentro de plazo. Bajo la enérgica dirección del duque de York, segundo hijo del rey, el Ejército se reorganizó y se reconvirtió. Como nuevos comandantes en jefe de las fuerzas armadas se nombró a hombres como Nelson y Wellington, que estaban decididos a no cometer los mismos errores que sus antecesores. No puede interpretarse como una exageración la afirmación de que, en el caso de que Gran Bretaña no hubiera puesto fin a la Guerra de la Independencia americana cuando lo hizo, nunca habría estado en posición de derrotar a Napoleón.

En la actualidad, Estados Unidos se encuentra, sin duda alguna, en una situación prácticamente idéntica a la de Gran Bretaña en 1781. Distraído y menoscabado por una guerra costosa que no lleva a ninguna parte y que probablemente no se puede ganar, como es la de Irak, Estados Unidos podría encontrarse con que países como China y la India le disputen la primacía. Salvo que sea capaz de hallar un líder con el coraje moral de Pitt, son muy grandes las posibilidades de que se vea obligado a ceder su posición de superpotencia mundial, posiblemente a un régimen que no va a tener el mismo grado de compromiso con la justicia y la libertad que Estados Unidos y el Reino Unido se han esforzado tan resueltamente por extender por todo el mundo a lo largo de los dos últimos siglos.

El eco del primer tiro que fue disparado en Lexington en 1775 [primera escaramuza entre colonos americanos rebeldes y un destacamento del Ejército británico en esta localidad de Massachusetts, próxima a Boston] resonó en todo el mundo. Así también ocurrió con el disparo del último tiro seis años después, en Yorktown. Este segundo eco fue el que salvó a Gran Bretaña y el que, en último término, resultó ser enormemente beneficioso para el mundo entero..

Michael Rose es general retirado del Ejército británico y fue comandante en jefe de las fuerzas de las Naciones Unidas desplegadas en la antigua Yugoslavia entre 1994 y 1995.

© Mundinteractivos, S.A.

Tags: michael rose

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