Catalunya, hace medio siglo, de Juan-José López Burniol en El Periódico
LOS PROTAGONISTAS DE LA MODERNIZACIÓN DE ESPAÑA
A mediados de los 50 del pasado siglo, exhausta y dividida por su última guerra fratricida, España era todavía un país campesino y atrasado. Casi la mitad de la población trabajaba en el campo y en el mar. Fue entonces cuando los tractores reemplazaron a las mulas y desaparecieron los herradores. Solo vendíamos al exterior aceite, vino y agrios. En 1957, España estaba al borde de la bancarrota: la fórmula aberrante de cubrir el déficit presupuestario con continuas emisiones de deuda pública tocaba a su fin. La autarquía económica, intervencionista y corrupta, estaba agotada. Además, España no existía en el ámbito de las relaciones internacionales. Era, con Portugal, el último vestigio autoritario que quedaba en Occidente después de la victoria aliada. Jaime Gil de Biedma sintetizó esta situación en unos versos -la poesía siempre es síntesis-, que evocan aquel ambiente: "Media España ocupaba España entera/ con la vulgaridad, con el desprecio/ total de que es capaz, frente al vencido,/ un intratable pueblo de cabreros".
No obstante, quienes cortaban el bacalao no eran los cabreros, sino los dueños de las cabras, y eso seguro que también lo sabía muy bien Gil de Biedma. A fin de cuentas, en el régimen franquista, los sucesivos gobiernos presididos por el general fueron gobiernos de coalición en los que estaban representadas todas las derechas españolas, incluidas las periféricas, en una oportuna mixtura dosificada con retranca galaica, según el momento, para hacer digerible el cóctel a los paladares europeos y americanos, no muy exigentes a causa de la guerra fría. No es extraño, por ello, que algunos dueños de las cabras comenzasen a sentir, por aquel tiempo, cierta preocupación ante el futuro. Así, en 1954, las corporaciones empresariales barcelonesas -Foment, Institut de Sant Isidre y las cámaras de comercio y de la industria- se atrevieron a pedir al Gobierno cierta liberalización económica, a través de Miquel Mateu, el marqués de Villalonga, Félix Escalas y el vizconde de Güell. Quizá a este impulso se debió el nombramiento de Pere Gual Villalbí como ministro sin cartera en 1957. Pero el paso de don Pere por el Gobierno resultó inocuo. Sería otro el hombre a través del cual se canalizarían, de inmediato, parte de las inquietudes del establishment catalán. Era de Barcelona y se llamaba Laureano.
LAUREANO López Rodó, catedrático pasado por el ejercicio de la abogacía en Galicia -¡todo un reto!-, administrativista sólido y político tan pertinaz como prudente, accedió en 1956 a la cocina del Gobierno como secretario general técnico de la Presidencia, a la vera del almirante Carrero. Que algo había cambiado lo muestran unas palabras de López Rodó con las que denunció "la atávica mentalidad proteccionista de Gual Villalbí, que respondía al sentir de un cierto sector de la industria catalana, partidario de una política de aranceles altos para quedar al abrigo de la competencia exterior". Frente a esta mentalidad, López Rodó respondía a otra concepción, extendida en las jóvenes generaciones de empresarios y profesionales barceloneses, para la que el futuro venía definido por dos ideas: liberalismo económico como método y Europa como destino. Máxime tras el Tratado de Roma, que fundó el Mercado Común Europeo. Por ello, tras participar en la botadura del Plan de Estabilización de 1959, López Rodó fue el inspirador de la política económica desarrollista de los 60, en la que participaron destacados técnicos catalanes como Joan Sardà Dexeus, Lluc Beltrán, Fabià Estapé y Santiago Udina.
El duro Plan de Estabilización provocó, a corto plazo, graves costes sociales, como los dos millones de emigrantes que surtieron a Europa, entre 1960 y 1970, de una mano de obra resistente, sufrida y no cualificada. Pero fue, sin embargo, el rito iniciático preciso para sanear una economía hundida e iniciar la construcción de un nuevo sistema en el que la subida de la renta per cápita fue el gran objetivo nacional, con el handicap -es cierto- de que el reparto de esta renta fue manifiestamente mejorable según criterios de justicia social. Pero, en cualquier caso, lo cierto es que, entre 1963 y 1975, tres planes de desarrollo contribuyeron a que España dejase atrás su secular subdesarrollo e ingresase, aunque fuese tarde y por los pelos, en el club de los privilegiados como décima potencia industrial del mundo. A partir de ahí, al morir el general Franco, el país estaba suficientemente capitalizado -gracias a su tardía y parcial liberalización económica- para financiar una transición en la que, en virtud de un pacto transaccional, se hicieron efectivas las conquistas del liberalismo político y del liberalismo cultural, por dos siglos aplazadas en España. Pero esta es otra historia.
HACE MEDIO siglo, la sociedad catalana estaba viva y tenía fuerza. Una fuerza blanda hecha de protagonismo económico y de modernidad cultural: Catalunya, motor de España, y Barcelona, centro autónomo de cultura conectado directamente a Europa. No fue porque sí por lo que, en aquellos años, jóvenes empresarios, universitarios y profesionales fundaron, tras la huella del Club Comodín, el Círculo de Economía. No fue porque sí por lo que otros empresarios, no tan jóvenes, sentaron las bases de Esade. Y no fue porque sí por lo que la Universidad de Navarra eligió Barcelona para abrir el IESE. Algo tenía Catalunya, algo que surgía de lo más profundo de su ser, y que le hacía superar las limitaciones de todo tipo -políticas incluidas- que la afectaban. Algo tenía. Quizá aún lo tenga o pueda recuperarlo. Vete a saber.
Juan-José López Burniol. Notario.
