LOS DÍAS VENCIDOS // JOAN BARRIL
Una ciudad es un mercado. Una ciudad son unos ojos. Los ojos que miran y los ojos que son mirados. Una ciudad son piedras nuevas sobre piedras antiguas que nos sorprenden cada vez que hincamos el pico sobre el suelo. Una ciudad son unas murallas habitadas por los gatos guerreros. Una ciudad son los refugios subterráneos de cuando una guerra quería hacerla desaparecer. Una ciudad son las cloacas catedralicias que se llevan lo que no quieren los habitantes de la ciudad. Una ciudad son los precios comparados, el mendigo que nos hace mirar al suelo, el avión que nos distrae, las velas blancas de las sábanas de las azoteas. Una ciudad es una cuna protectora y es una selva.
Dejamos la ciudad que nos acoge en la razón de los días laborables. Y nuestro espacio será ocupado por gente de otras ciudades que viene a vernos y no nos va a encontrar. Las ciudades del verano son solo ángulos de 90 grados. La fachada llega a la acera. La acera llega al bordillo. El bordillo a la calzada y, luego, al otro lado, 90 grados más de ángulos para subir a los distintos pisos de sus habitantes ausentes. Una ciudad es una música de piano que se asoma al balcón. Es el pienso lento de las palomas y el claxon impertinente del ciudadano local que se impacienta por la vacilación del visitante. Una ciudad son las esculturas de sus iglesias pasmadas y el muestrario de diarios escritos en lenguas incomprensibles. Una ciudad es un bolso demasiado protegido y el placer de un césped ajeno que se deja pisar como un tributo al turismo.
La ciudad es la confirmación del tópico, pero también es la soledad del que se queda. Hay ancianos que mueren de sed atrapados en los ascensores estropeados de inmuebles conquistados por oficinas ahora vacías. Cuando lleguen los oficinistas, encontrarán en el camarín los restos amojamados de los inquilinos que se resistieron a las ofertas del mercado y que han sucumbido a la soledad de agosto. Les llevarán al tanatorio y muy poca gente habrá entre los travertinos para despedirles. La ciudad es una muerte discreta.
Hay otras ciudades en el mundo y todas son más o menos como la propia. Ciudades de tiendas cerradas y de portales ciegos. En agosto las siluetas humanas son puntos de admiración bajo el sol inclemente. La ciudad es una música de fiesta escuchada desde lejos. Es el jadeo del amor de verano que se evaporará con los primeros fríos. Es la ficción de una libertad que no lleva a ninguna parte porque la libertad necesita interlocutores a los que contaminar y, en verano, las ciudades son un mundo de pasajeros que esperan a los siervos y de siervos que sobreviven gracias a los pasajeros.
Hoy me voy de esta ciudad y de estas páginas. Dejo la llave bajo el felpudo para que los sustitutos ocupen el lugar del árbitro. Muchas vidas se disponen a vivir de nuevo. Llegarán como si el mundo fuera un descubrimiento y solo muchos meses después deberán reconocer que todos somos más o menos iguales. Nos llevamos en las maletas objetos cargados de futuro, pero en realidad lo que nos atrae son los recuerdos ingrávidos, los bancos vacíos del amor furtivo, los gritos escolares de cuando creíamos estar aprendiendo. Hoy la ciudad cambia de manos. Nos volveremos a encontrar cuando estemos hartos de mundos excesivos para regresar al único mundo posible.
Consejo
Nos dicen que nos portemos bien. No lo hagan. Portarse mal es más divertido.

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