MUY probablemente Josep Piqué Camps dio ayer por acabada su permanencia en la actividad política, a la que se incorporó en 1996 como fichaje estrella del primer gobierno de Aznar, con la pátina, en aquel momento muy buscada, de catalán e independiente. Cuatro años más tarde se afilió al PP, y con posterioridad fue número uno por Barcelona en las generales, presidió el partido en Catalunya y en dos ocasiones concurrió como candidato a la presidencia de la Generalitat. En este tiempo, Piqué ha dado sobradas muestras de su preparación intelectual y ha tratado de insuflar al partido, con más voluntad que acierto, aires de catalanismo y de centralidad en el siempre complejo mapa político de Catalunya. Todo ello, con un talante dialogante, reconocido ampliamente, hacia los agentes sociales y empresariales. Pero Piqué sabía desde hace mucho tiempo que su liderazgo era severamente cuestionado, sobre todo por el secretario general del PP, Ángel Acebes. Ayer, al hacerse público que Acebes imponía a Piqué una gestora paralela para dirigir el PP catalán, la crisis estallaba con toda su crudeza. Sólo una rectificación o un gesto de apoyo que no llegó y Piqué esperó hasta última hora habría impedido su dimisión. Únicamente recibió una cita para el lunes. Curiosa manera con la que el PP ha decidido iniciar la campaña de las generales: salir con una mano atada en Catalunya.