El jamón y los chinos, de Manuel Hidalgo en El Mundo
A CONTRAPELO
La diplomacia coronada ha conseguido desbloquear, hace poco, el veto de China al jamón español, y hay quien ya ve una marea de jamones abriéndose paso hacia los estómagos ansiosos de 1.000 millones de chinos, con el consiguiente reflujo hacia España de muy buenos dineros.
Habrá que verlo. El jamón no es un producto barato, y no todos los chinos lo van a tener al alcance de sus bolsillos, aunque no es menos cierto que el jamón es muy versátil y democrático, de modo que hay jamones y jamones al alcance de muy diversos sueldos mensuales.
Lo que extraña es que los chinos, en sus restaurantes, nos hayan colocado hace décadas esa curiosidad del cerdo agridulce y, sin embargo, se hicieran los estrechos con un manjar que, lo mires por donde lo mires, es cerdo al fin y al cabo. Si, siguiendo el gusto oriental, ya hemos entrado aquí en el pantanoso terreno del pescado crudo -¡ahora que vuelve y no se va el anisakis!-, no se entiende por qué los chinos le hacían ascos al pernil, más o menos crudo, del cerdo hispano.
Y es que la comida es una cuestión cultural, como las ideas, las costumbres y las religiones. Cuando vemos uno de esos míticos documentales de La 2, se nos revuelve el estómago al observar los en apariencia asquerosos platos que se ofertan en Asia, Africa o, incluso, Iberoamérica. ¿No tienen nuestras gulas un repugnante aspecto de gusanos? Les falta moverse. ¿Y qué decir de esas bandejas grasientas y recoloridas de callos, rabo de toro, oreja, lengua y otras delicias que devoramos en nuestros castizos bares? Si viéramos en cualquier país del mundo unas cazuelas de semejante aspecto seríamos capaces de estar a pan y agua una semana con tal de no probarlas.
El ojo y el paladar, en cada punto del mundo, están hechos a lo que conocen. Es, ya digo, una cuestión cultural.
El peligro que uno ve con la entrada del jamón en el confín chino radica en el poco tiempo que va a pasar antes de que los chinos nos vendan su jamón a nosotros. Nada, eso está al caer. Nuestras casas están llenas de objetos, ropa y aparatos made in China, y, en cuanto los chinos le cojan el tranquillo al jamón -como se lo han cogido a casi todo-, ya pueden ir temblando Jabugo y Trevélez ante el seguro empuje jamonero de Hong Kong.
Vale que la bellota y otra serie de circunstancias le hayan venido dando al jamón español su sabor y su peculiaridad, pero no se acaba de entender que, siendo el cerdo un animal universal -como quien dice-, ningún país -salvo un poquito Portugal y otro poquito Italia- haya conseguido fraguar un jamón en condiciones de competencia con el español. Este chollo se va a acabar con la milonga de la globalización, del mismo modo que los vinos y los aceites patrios ya andan a la greña con vides y olivos de la más insólita procedencia. Por no hablar de las naranjas, y, más precisamente, de las naranjas de la China, que gozan de una gran celebridad coloquial sin que nadie que uno conozca las haya probado jamás. ¿O sí?
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