Mi amigo Javier Blanco Urgoiti me dijo que no pasaba nada, que no me preocupase por la OPA. Respiré tranquilo y decidí encender un habano para celebrarlo, un Cohiba Maduro, el último gran fichaje de la escudería. Que una aleación de ignorancia, puritanismo y sanidad mal entendida pretenda acabar con esta maravilla, uno de los últimos productos verdaderamente artesanos que quedan en el mundo, es una de las grandes imbecilidades de nuestra época. Se necesitan casi 400 operaciones completamente manuales desde que se planta el tabaco hasta que se pega la última etiqueta en la caja. El puro habano es exclusivo de Cuba porque sólo en una región de la isla, Pinar del Río, se dan las condiciones climáticas precisas para parir ese sabor único: el aroma que conquistó el mundo, el combustible que enseña a los poetas a encontrar palabras entre el humo y a los músicos a descubrir espirales secretas en el aire. El puro que quizá inspiró a Freud tanto símbolo fálico y el que adornaba los labios crueles y sensuales de Edward G. Robinson antes de matar a la chica de turno. El que ayudó a Churchill y a Compay Segundo a traspasar la barrera de los noventa.
Hace unas semanas que volví de Cuba y aún me habita la nostalgia de sus azules infinitos. Visité La Habana junto a dos amigos, Angel García Muñoz y Pepe García Abad, y casi lo primero que hicimos fue aprovisionarnos de puros en una cava donde trabaja Jorgito, uno de los mejores torcedores de la isla. De sus manos a nuestra boca, los puros viajaron con nosotros hasta el Royal Hideaway de Cayo Ensenacho, un lugar de ensueño donde bien pudo empezar el mundo. De momento, para los fumadores civilizados, el mundo empieza en la discreta ceremonia de encender un habano y compartir la amistad mientras sientes que el alma de un dios te llena la boca. Lo dijo el gran poeta cubano, José Lezama Lima, cuando le reprochaban porque seguía fumando a pesar de sus toses y su asma: «Yo ya he hablado con mi muerte. Ahora a cada uno le toca saber».
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