TIEMPO RECOBRADO
La más vieja pregunta que nos venimos haciendo los seres humanos es quiénes somos. Lo cual equivale a plantearse qué es el ser, el interrogante esencial de la metáfisica, o mejor si existe el ser.
Parménides llegó a la conclusión de que el ser sencillamente es. Lo cual parece obvio pero encierra una de las intuiciones más geniales de la historia de la filosofía. El filósofo de Elea creía que el cambio es una ficción y que el ser es inmutable en su esencia.
Platón, que conocía muy bien el pensamiento de Parménides, dio un paso más y observó que los seres concretos son el reflejo de una forma ideal que está más allá de la realidad. Platón acuñó el mito de la caverna para explicar su filosofía: el hombre sólo puede ver las sombras de ese foco de luz -las ideas- que los sentidos no pueden percibir.
Aristóteles, discípulo de Platón, dio la vuelta como un calcetín a las tesis de su maestro y definió que las ideas no están fuera del conocimiento humano sino que son expresión de la esencia de las cosas.
No hace falta decir que la concepción aristotélica del conocimiento ha marcado la historia de la ciencia y ha prevalecido hasta nuestros días, por encima incluso de la de filósofos como Hume, Kant y Hegel.
Que exista la posibilidad de un conocimiento objetivo al margen de nuestros sentidos y que, por consiguiente, la ciencia pueda tener una validez universal me parecen afirmaciones bastante discutibles. La prueba es que lo que era considerado un dogma irrefutable hace un siglo, hoy carece de validez científica.
Este principio debería aplicarse a nuestras convicciones y a la actividad política, donde se acostumbra a elevar a la categoría de verdades evidentes lo que no son más que simples tópicos o tonterías. La lista de estas bobadas sería interminable, por lo que vuelvo al principio: la cuestión esencial de nuestra existencia es dilucidar qué somos si es que, en realidad, somos.
Tal vez por haber sobrepasado los 50 años, tiendo a pensar que no somos nada. O mejor, que somos el producto inevitable de nuestros genes y de una cultura que no hemos elegido. Somos, por decirlo de alguna forma, el resultado de un devenir. Y ese devenir está determinado por el azar. Lo mismo que somos, podríamos no haber sido.
Ya sé que estas reflexiones no conducen a nada y menos en las páginas de un periódico. Pero, querido lector, deje de hacer lo que usted esté haciendo y párese a reflexionar cinco minutos si se siente a gusto con lo que va a hacer hoy y con lo que proyecta hacer mañana.
La vida carece de sentido porque el ser humano carece de esencia. Somos como la efímera espuma de una ola en un mar agitado. Infinitamente pequeños e infinitamente aleatorios. Existimos porque somos el resultado de la casualidad, que no de la causalidad. ¿Pesimismo? No, porque esa fragilidad -esa contingencia y esa falta de sustancia de nuestro ser- es la garantía de que somos libres para ser lo que somos o lo que no queremos ser.
© Mundinteractivos, S.A.

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