El PNV es un partido que parece condenado a librar cada diez años una batalla entre sus dos almas, la independentista y la autonomista. Normalmente, esos pulsos se resuelven con el predominio de una de las dos fracciones durante una temporada, aunque en ocasiones la pugna ha acabado en ruptura interna.
Desde la transición, ese tipo de episodios se suceden con una periodicidad regular: en 1977, el PNV celebró en Pamplona una asamblea en la que puso al día su ideario y se preparó para afrontar el nuevo periodo democrático que se abría en España. Las diferencias internas condujeron en 1986 a la ruptura de la que saldría Eusko Alkartasuna. Hubo entonces una mezcla de pugna de liderazgos - Arzalluz contra Garaikoetxea- y de conflicto político - foralistas contra los que querían centralizar el poder en el Gobierno vasco- que se saldó con el abandono de los que mantenían tesis de más radicalidad nacionalista.
La escisión hizo posible en 1988 el famoso discurso del Arriaga de Xabier Arzalluz, que representó un viaje a la moderación con autocrítica incluida. Sin embargo, el mismo líder, diez años después, impulsó la radicalización del partido, el abrazo con las tesis de ETA y la asunción del soberanismo independentista como doctrina oficial. De aquel episodio de radicalización, lo más llamativo fue la escasa resistencia interna que encontró. Los autonomistas - con alguna excepción, como las de Emilio Guevara o Joseba Arregi- estuvieron ausentes en ese debate. El "péndulo patriótico" del PNV - metáfora acuñada por los historiadores Santiago de Pablo, Ludger Mees y José Antonio Rodríguez Ranz- parecía que se había quedado atorado en uno de sus extremos.
Pero casi diez años más tarde el péndulo parece moverse en dirección al pactismo autonomista de la mano de Josu Jon Imaz. El presidente del PNV asumió el cargo en pleno debate del plan Ibarretxe y tuvo que dejar que esta iniciativa agotara su recorrido y fracasara antes de poder dar pasos para reconducir la herencia radical que le había dejado Arzalluz. El primer paso fue la aprobación, en octubre del 2005, de un documento de principios en el que el PNV se comprometía a no aceptar un nuevo Estatuto si no tenía más apoyo que el actualmente vigente. Eso dejaba fuera de juego el plan Ibarretxe, aunque el lehendakari no se dé por enterado.
Ha sido el desmarque sistemático del jefe del Gobierno vasco el que ha obligado a Imaz a dar un toque de atención al inquilino de Ajuria Enea para advertirle de que los tiempos en los que iba por libre, con la aquiescencia de un Arzalluz en la recta final de su vida política, se han acabado. Ibarretxe tiene que saber que su línea política no la marcan ni Eusko Alkartasuna ni Ezker Batua, sino la dirección del PNV.
Ese mensaje ha quedado claro, aunque, posiblemente, con el puñetazo que ha dado Imaz encima de la mesa se reactiva la pugna interna entre los dos sectores. Para los que siguen a Josu Jon Imaz parece claro que Ibarretxe no es el candidato idóneo para repetir al frente del Gobierno vasco si pretenden que haya coherencia entre la línea que defiende el partido y la que se aplica desde las instituciones. Por el contrario, Joseba Egibar señalaba hace unos días exactamente lo contrario.
Todo este episodio añade madera a la hoguera de la confrontación interna entre las dos almas nacionalistas. Ello ocurre justo cuando se han puesto en marcha los mecanismos internos de asambleas para designar candidatos a la presidencia del partido.

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