DECADENCIAS
Hace unos días (el 9 de julio) el pintor británico David Hockney cumplió 70 años. Teñido de rubio desde muy joven y con su cara de niño ingenuo con gafas redondas, todos le suponíamos -como antaño a su amigo Warhol- el privilegio de no cumplir años. Pero los años se cumplen, pese a las playas doradas, los skaters y las azules piscinas de California...
Sí, ya sé que Hockney es un pintor inquieto, que se ha renovado a menudo, que tiene magníficos retratos (entre otros de Auden y de Isherwood) y que ha experimentado con técnicas de fotografía múltiple y de foto-collage. Además de haber demostrado que la pintura figurativa tiene múltiples caminos y no se está quieta ni es antigua. Pero el Hockney que permanece en la memoria (su período clásico) es el de los chicos saliendo desnudos de una piscina en un chalé luminoso de Beverley Hills.
Admirador de Picasso y Matisse, el colorido plano y feliz de sus cuadros es la mejor representación de una hedonística manera de vivir que representó (no sé si ya es todo igual) aquella California de los pasados 60 y 70. Algunos no sabrán que el frívolo y mundano Hockney fue también un pionero en salir del armario, que su famoso cuadro Peter saliendo de la piscina de Nick de 1967 alude a su novio Peter Schlesinger, que era por entonces un estudiante de 19 años. Duchas, piscinas, azul, famosos, sol -montañas de bienestar y placer- ¿qué más pedir para el verano y aún para la vida en tiempos funestos? Porque si hemos dicho que los artistas más serios tuvieron a aquel Hockney (casi artista pop) por un frívolo, hay que subrayar enseguida que el concepto de frivolidad ha variado o se ha degradado como casi todo.
Las fiestas frívolas de Hockney (además de surferos y chicos guapos) sólo tenían a escritores de rumbo y divas de cine. Cukor, Auden, Warhol, Capote... ¿Qué tiene que ver eso con la nada vestida de nada de la hora presente? Seguro que beberían de más, que acudirían heterodoxas y pagadas parejas a habitaciones secretas, quizás hubiese marihuana. Quizá. Eran cosas aún minoritarias.
Hockney, en ese mismo tiempo, ilustraba a Cavafis y soñaba (quería soñar) que Santa Mónica tenía algún paralelo con Alejandría, con aquella de Durrell de la que sólo quedan los edificios. Hasta el placer, incluso el más sensual, tiene categoría y estilo.
Pero, sobre todo, es uno de los últimos pintores contemporáneos (Matisse es quien mejor lo hizo) en demostrar que la inteligencia y el estilo también son gozosos y divertidos. ¿Por qué no iba a ser el novelista Isherwood -el de Adiós a Berlín- el que acaba de lanzarse al agua en ese cuadro emblemático de Hockney titulado A bigger Splash, la gran zambullida? Cuando el arte era feliz y la inteligencia respetada, así empezaría el cuento... Aunque de repente vemos que Hockney acaba de cumplir 70 años, y que Auden (estamos en su centenario) descansa hace mucho en el sofisticado cementerio de Ischia. El pintor del placer. El poeta de la inteligencia. ¿Nos zambullimos?
@FIRMA:LUIS ANTONIO DE VILLENA
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