ASUNTOS INTERNOS

Uno de los debates más tontos de la vida interna de los partidos es el de las caras nuevas. Casi siempre la tontería ataca más a la oposición que al Gobierno. ¿Por qué lo llaman caras nuevas cuando lo que quieren decir es que las caras que hay se han de colocar de otra manera en el tablero? Normalmente, los partidos sienten la necesidad de incorporar a personajes fotogénicos como Elsa Pataky o Amparo Larrañaga para enmascarar una debilidad en sus estrategias políticas. Del caos salieron caras nuevas como Baltasar Garzón o Juan Alberto Belloch, que, por cierto, le dieron un resultado malísimo a Felipe González.

Aparte de que hay caras nuevas tan nuevas que se van de los puestos sin haberse estrenado. Véanse algunos ministros y ex ministros del Gobierno de Zapatero. Más nuevos no podían ser cuando fueron nombrados, pero ¿quién se acuerda ya de María Jesús Sansegundo, que fue ministra de Educación? Y luego hay caras que son viejas -vamos a dejarlo en veteranas- y tienen un lustre que parecen nuevas. Por ejemplo, Alberto Ruiz-Gallardón, que fue secretario general de AP antes de cumplir los 30 años y al que, sin embargo, todo el mundo ve como una cara nueva del PP. Misterios de la política.

Hasta Mariano Rajoy, que habitualmente no suele perderse en estas menudencias, ha caído en la trampa de las caras nuevas. Ha nombrado coordinador del programa electoral en el que el PP se juega su futuro a Juan Costa, creyendo que es una cara nueva, a pesar de que fue secretario de Estado e incluso ministro. Con una particularidad añadida: a Costa le tapas la cara cuando habla y crees que estás oyendo a Rodrigo Rato. Tiene el mismo tono de voz que el ex vicepresidente.

Y así llegamos a rizar el rizo, cuando los partidarios de las caras nuevas son al mismo tiempo los que dicen que Rodrigo Rato tendría que incorporarse a la candidatura de Rajoy. El ex vicepresidente tiene muchas cualidades, pero nuevo no es. No se sabe si el nombramiento de su clon Juan Costa ha sido cosa suya, aunque la verdad es lo de menos, porque, en política, lo que parece es.

Andan los ratistas estos días lamentándose por las esquinas de los restaurantes de varios tenedores porque, al parecer, su líder no quiere volver a la política con mayúsculas. No lo tiene fácil, desde luego. Si Rajoy le pusiera de número dos sería tanto como reconocer que él solo no puede ganar las elecciones y que necesita la ayuda del primo de Zumosol. La bicefalia estaría garantizada. Cualquier cosa que hiciese Rato en la campaña eclipsaría al líder del PP. ¿Rato va a ir de dos cuando quiso ser el número uno y no le dejaron?Tal vez los que piden caras nuevas a Rajoy quieran decir que les gustaría que el líder del PP tomara, aunque fuera una sola vez, una decisión osada, inesperada, sorprendente. Una apuesta, algo.

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