DESDE EL GUINDO

Los periódicos vienen cargados de noticias estremecedoras para las cuales desempolvamos diariamente todo el repertorio de adjetivos truculentos. Ataques terroristas, violencia de género, ajustes de cuentas, todo se repite con tanta frecuencia que no damos abasto con las condenas.

Pero hay cosas (casos) que, de puro inesperadas, desbordan nuestra capacidad de asombro, cosas (casos) que van más allá del relativismo moral y la Educación para la Ciudadanía. En fin: cosas (casos) para cuyo entendimiento algunos no estamos facultados.

Estoy pensando en la pedofilia y, ya puesta, en lo ocurrido en la Archidiócesis de Los Angeles. Respecto a esto último, está claro: para la Iglesia católica norteamericana se trata de una cuestión de dinero, y para los demandantes (las víctimas de los abusos sexuales cometidos por más de 200 sacerdotes de la archidiócesis), también.

Los obispos están dispuestos a comprar por medio millón de euros el silencio de las víctimas en un juicio público, y los denunciantes (unos 500) están dispuestos a vender la memoria de su dignidad atropellada en un rincón de la sacristía. Es la expropiación del alma en nombre de un poder espiritual, y mediante pago en efectivo. Con billetes de banco y dinero negro, añadiría yo.

En el Antiguo Testamento se dice que si un ojo te escandaliza, es mejor arrancarlo. En el testamento de ahora mismo no se dice nada, pero se sobreentiende: debes negociar el precio para que el ojo siga en su sitio.

No me lo invento. Lo ha dicho la tele y va a misa. Por la tele también sabemos que la pedofilia no sólo es cosa de curas. También de psicólogos, profesores, entrenadores deportivos, médicos, arquitectos y conserjes. Entre los 66 detenidos en la red española de pederastia desarticulada con la operación Penalty había también un educador que trabajaba con discapacitados. Y más aún: cuatro amas de casa, un guardia civil y un cura (sí, otra vez un cura).

El detenido al que se le incautó mayor cantidad de material, un profesor de primaria que no pudo soportar el peso de la vergüenza, se suicidó hace unos días en Avilés. ¿No estábamos suficientemente asombrados? Pues toma ración doble.

Yo creía que Barba Azul era una leyenda hasta que los medios de comunicación empezaron a divulgar la voracidad pedofilica de cierta gente silenciosa con la que tal vez nos cruzamos a la salida del ascensor. Parece inconcebible, pero los devoradores de niños acechan en todas partes. Barba Azul siempre vuelve.

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