Durante el invierno revolucionario de 1919 o, según algunos, un año antes, Max Weber pronunció un par de conferencias por invitación de la Asociación Libre de Estudiantes de Munich. Ambas se acabaron publicando en un solo volumen (El político y el científico,Alianza Editorial), con los respectivos títulos de La política como vocación y La ciencia como vocación.Al parecer, ni las conferencias ni el libro tuvieron inicialmente una buena acogida. Pero acabaron convertidas en clásicos y mantienen, aún hoy, una rara vigencia. Tan rara como merecida, ya que Weber supo concentrar en ellas un notable número de fórmulas afortunadas que han servido, durante casi un siglo, para reflexionar con elegancia intelectual sobre la sórdida vulgaridad de la vida política y académica. Motivos temáticos como el sacrificio del intelecto, el politeísmo de los valores, el monopolio estatal del uso legítimo de la violencia o la célebre distinción entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad asoman tentadores por sus páginas, como si su autor, que moriría apenas un año después, hubiera querido dejarlos a mano, a modo de herencia para los lectores que quisieran exprimirlos.
El filósofo Karl Löwith, que había sido uno de los miembros de la asociación estudiantil que organizó las conferencias, cuenta, en un escrito autobiográfico, que, al pronunciarlas, Weber, concentrando en sus palabras la experiencia y la sabiduría adquirida durante toda una vida, rasgó todos los velos de cuanto puede ser deseado. Cabe suponer que, con esta imagen retóricamente torturada, se refiere a la vida política y a la vida académica como objetos del deseo.
Si algo queda claro tras leer las conferencias es que, para Weber, tras la caída del imperio alemán, sentirse atraído por este tipo de actividades era más un asunto de perversión que de vocación. La rara vigencia de estos textos depende sin duda de la aparente actualidad del crudo análisis de la realidad política y universitaria que se encuentra en la base de este enfoque.
Hace unos días, Llàtzer Moix publicó, en las páginas salmón de este periódico, un reportaje sobre la clausura del curso académico celebrada en el patio de Letras de la Universitat de Barcelona que doy por seguro que habrá guardado más de un deprimido profesor universitario de humanidades. El reportaje reflejaba fielmente la luz crepuscular, el ambiente sombrío en que, en las facultades de letras, se asume, con callada fatalidad, la manera como se concreta el proceso de Bolonia para la creación de un espacio universitario europeo. Un diagnóstico y una apuesta destacaban entre sus líneas. El diagnóstico del fin de los studia humanitatis formulado por un doctor especializado en Teoría Literaria. Y la apuesta de muchos catedráticos por las jubilaciones anticipadas. En su conferencia sobre la ciencia como vocación, Weber no hablaba de jubilaciones anticipadas: mostraba, con tonos disuasorios, cuál era, en la Alemania de su tiempo, la preocupante situación del graduado que estaba resuelto a consagrarse profesionalmente a la vida académica en un momento caracterizado por la americanización del modelo universitario. En su conferencia sobre la política como vocación, acuñó la distinción entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. Si hoy, con las matrículas en ciernes, pronunciara la primera de estas dos conferencias, las autoridades académicas recurrirían a esta distinción para acusarlo de irresponsable.

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