TENSION MOSCU-OCCIDENTE : GRAN BRETAÑA Y RUSIA

En los días en que estaba dejando el 10 de Downing Street, Tony Blair apareció en la portada de The Financial Times recomendando a los inversores británicos pensar dos veces antes de destinar su dinero a proyectos en Rusia. Por entonces algunos observadores consideraron que esa extraña advertencia era una muestra más de que las relaciones entre Moscú y Londres estaban en un nivel de deterioro tal como no habían atravesado desde los días de Leonid Brezhnev en el Kremlin, en los años 70.

Ese curso parece confirmado ahora que el gobierno del nuevo premier, Gordon Brown, anunció ayer la expulsión de cuatro diplomáticos rusos bajo acusación de espionaje. No parece ser que esta decisión vaya a ser la última estática que se escuche fuerte en la relación bilateral; se estima que al menos Moscú responderá con alguna medida proporcional a la de Londres.

Los dos países forcejean hace meses por la extradición de Andrei Lugovoi, un ex agente de la KGB soviética acusado de asesinar en Londres, en noviembre último, al disidente Alexander Litvinenko quien vivía exiliado en Gran Bretaña desde donde llevaba adelante actividades de oposición al gobierno de Vladimir Putin.

El asesinato —consumado en un hotel de la zona de Mayfair— parece estar hecho de la materia que era propia, en la Guerra Fría, de las novelas de espionaje de John Le Carré: Litvinenko fue envenenado con polonio 210, una sustancia radioactiva. Rusia se ha negado a enviar al presunto asesino a Londres para ser juzgado, aduciendo que su Constitución nacional prohíbe entregas como ésa.

Pero hay más en el descontento bilateral anglo-ruso que este episodio. Desde el año pasado los ingleses miran con suma desconfianza los intentos del gigante energético ruso Gazprom por invertir en el mercado británico. Algunos legisladores ingleses han sugerido que hay que hacer cambios en la legislación para evitar los avances rusos.

Que Londres respalde el proyecto de Washington de instalar un sistema de defensa anti misilístico en territorio checo tampoco aporta al mejor entendimiento. Putin retiró días atrás a su país de un tratado con Occidente, firmado durante la guerra fría, por el que las partes aceptaban limitaciones para el despliegue de sus fuerzas militares convencionales.

Estos problemas políticos se dan, sin embargo, como paradoja: las inversiones de la Unión Europea en Rusia están creciendo a ritmo sostenido. La UE es el socio comercial más importante para Moscú y los rusos ocupan el tercer lugar entre los principales mercados mundiales de Europa.

Quizá el problema presente sea mejor entendido en una reciente interpretación que ha comenzado a debatirse. Habla del desafío que presentan "las nuevas potencias autoritarias" —como Rusia y China— y el modo en que éste saca de sincronía a la globalización económica con el desarrollo político.

Oscar Raúl Cardoso

ocardoso@clarin.com