CRECE LA DISTANCIA ENTRE LAS SUPERPOTENCIAS

Como es bien sabido, la Historia (con mayúscula) tiende a repetirse, a veces como farsa, a veces como tragedia, pero a veces estas supuestas repeticiones resultan intrigantes, y su exploración quizá pueda ayudarnos en ocasiones a entender un poco mejor el galimatías de este mundo contemporáneo.
Últimamente, los medios de comunicación hablan cada vez más de la nueva guerra fría para referirse a las cada vez más frecuentes subidas de tono entre George Bush y Vladimir Putin. Que las relaciones entre ambos mandatarios no son buenas, lo sabe todo el mundo. El reciente encuentro en Kennebunkport, la aireada ración de langosta que compartieron, la triste foto (por su dimensión de cliché) de Putin con el perro de su anfitrión, ni siquiera la paciente y benevolente presencia de George Bush padre en la reunión de apenas 24 horas, nada sirvió para gran cosa más que hacer inventario de los desacuerdos.

¿Da todo ello para concluir que estamos asistiendo al nacimiento de la nueva guerra fría? Una primera reacción invita a responder negativamente, pero mirando las cosas con más detenimiento, uno tiende a pensar que quizá sí, una nueva versión de algo conocido, una sensación de déjà vu.

LA VERDADERA guerra fría, empezó en 1947 y sus primera triple formulación corrió a cargo del llamado Plan Marshall para la reconstrucción de la Europa de la posguerra, la doctrina Truman, relativa al nuevo paradigma de la seguridad nacional de Estados Unidos, y el soporte teórico de un personaje tan fundamental como George Kennan, verdadero padre de la fórmula. Y concluyó, como es bien sabido, con la prodigiosa caída del muro de Berlín en noviembre de 1989. Al menos simbólicamente, a modo de icono, porque en cuanto a sus causas estructurales, el fin de la guerra fría tiene sobre todo que ver con la perestroika de Gorbachov y el colapso interno de un sistema tan totalitario como ineficaz. Aunque la URSS como tal sobrevivió más de dos años a la caída del Muro, con lo que tuvimos oportunidad de tantear cómo sería un mundo bipolar, pero sin guerra fría, y claro, no podía ser.

Lo que la Administración de Bush ha conseguido, sin ninguna necesidad de ello y desde luego con un rendimiento nulo, incluso negativo, ha sido llevar le unilateralismo hasta extremos surrealistas. Y para ello no hay más que mirar la lista de desacuerdos que Putin llevaba en la cartera. El primero, y más importante, el desacuerdo sobre el famoso escudo antimisiles, nueva versión de lo que en su día ya fue objeto de polémica, la guerra de las galaxias de Ronald Reagan de 1984. Lo de menos es su difícil viabilidad, que plantea interrogantes operativos y logísticos monumentales, pero alimenta de nuevo a este amplio grupo de presión que el propio presidente Eisenhower denunció en los años 50 como el complejo militar-industrial. Lo grave es que se trata de una modificación unilateral de un importante conjunto de acuerdos y tratados en materia de equilibrio estratégico, incluyendo el Tratado ABM (siglas que designan el sistemas antimisiles, pactado en 1972), una de las pocas expresiones de racionalidad que las superpotencias introdujeron en el sistema mundial.

Puede llamar a engaño la pregunta de por qué estos desacuerdos si ya no hay el enfrentamiento ideológico y militar de la guerra fría y se acabó la película EEUU versus URSS, capitalismo versus comunismo. Lo que nos cuesta entender es que lo que está en juego en esta versión no es que ambos gobiernos tengan visiones antagónicas del mundo, sino el núcleo último de la política: el poder y el estatus que conlleva, tanto hacia las sociedades que gobiernan (ah, la opinión pública), como hacia fuera (cómo te perciben los demás países, empezando por los vecinos). Lo que Putin puso sobre la mesa es que no se pueden poner nuevos sistemas estratégicos a las puertas de Rusia modificando un equilibrio de facto heredado de la época anterior.
Equilibrio debe leerse como acuerdo entre iguales, iguales en poder y en estatus a escala mundial. Rusia ha de ser tratada, sino como la otra superpotencia, al menos como una potencia de primer orden. La OTAN se ha extendido hasta la sala de estar del Kremlin, las revoluciones naranja (en algunos casos con mucha ingerencia exterior) van de Ucrania hasta Kirguistán.
La Unión Europea ya ha integrado a Rumanía y Bulgaria. Y encima, Kosovo, cuya salida de Serbia es inevitable después de todo lo que ha pasado, incluyendo la secesión de Montenegro, pero que, a pesar de ser una decisión que corresponde a la ONU, el viaje de Bush a Albania consigue convertir en una nueva amenaza unilateral de EEUU.

PUTIN PROPUSO en su día compartir simbólicamente el proyecto de escudo antimisiles, simplemente integrando algunos radares y bases rusas en el invento. La respuesta ha sido no. Bien, ha pasado lo inevitable. A pesar de las cenas con langosta, el viceprimer ministro ruso, Sergei Ivanov, anunció hace días que Rusia va a desplegar misiles muy cerca de la frontera con Polonia y la República Checa, y ahora Putin decide retirar a Rusia del tratado CFE (fuerzas convencionales en Europa). Puestos a amenazarse, aun cuando no sepan muy bien en qué no están ideológicamente de acuerdo, lo mejor es hacerlo a lo grande. Una nueva amenaza nuclear global sin antagonismo ideológico y económico: prodigioso.

Pere Vilanova. Catedrático de Ciencia Política de la UB.