Alguien reprochaba a mi dura columna de ayer sobre el Estado español y el terrorismo etarra que descuidara las circunstancias especiales que se dan en Euskadi. Falso planteamiento, pues allí no reina lo insólito, sino que todo, con sus matices, pertenece a ese tipo de problemas ambiguos, complejos, habituales en los conflictos, y más en las disensiones familiares o civiles. Pero aquí estamos siempre con que unos y otros somos singulares, únicos, y por ello bellos y buenos, cuando consagrando dicha excepcionalidad nos salimos de la vía razonable y real de comprensión de los pleitos y, acaso, de su solución. Nada peor que el monoteísmo en un mundo y en nuestras almas politeístas.

Así, en relación con Euskadi concurren y entrechocan un españolismo y un vasquismo armados o solapados, grandes fardos económicos nada ambivalentes con una Iglesia que trampea a su bola, y todo hirviendo en el seno de una sociedad dolida y resentida al máximo en sus varios intereses y rostros. En la que se incrustan cuerpos sencillamente criminales, tan pronto vistos así o como heroicos, o cual mutantes en enconada simulación. Pero esto no es la excepción que confirma la regla, sino que se ha convertido en regla única, no sólo impuesta por la fatalidad de su multiplicidad, sino incluso en deseada por blancos y negros, al fin cómodos alimentándose en la barbaridad o la astucia elevadas a convicciones.

Pero también, a menudo, acabando con la vida o la esperanza de personas y de comunidades, de todos los demás. Para entendernos mejor: ¿no era así en el Ulster, y antes en Irlanda entera? Pero ahí, y pese a la sangrienta y enconada mezcolanza del conjunto, se han ido produciendo transacciones, reconsideraciones, que han abocado en soluciones, que no serán ideales pero que son potables. Cuando fueron plural y doctrinalmente salvajes, léase o véase el formidable teatro de Sean O´Casey, que convirtió aquel alocado localismo irlandés en devastada tragedia humana.

Pero aquí la diversidad del mosaico, en lugar de enriquecernos para sublimarnos en una unidad, uniformiza cada pequeña o gran pieza y la convierte en proyectil. Por ejemplo, Sarkozy anuncia cambios constitucionales, que pueden alumbrar una VI República francesa, la tercera en medio siglo. Y ante ello las opiniones divergen, pero permaneciendo la creencia común de que cualquier elemento envejece tanto como puede rejuvenecer. En España, en cambio, parece que siempre estamos remedando una de esas ramplonas películas de Paco Martínez Soria, ésta: Don erre que erre.Y atención: la paz y la razón son también voluntad de paz y razón, no una mera consecuencia de azares telúricos.